Óscar Colchado Lucio, «De aquí no saldrás hasta tu muerte»

De aquí no saldrás hasta tu muerte

Edición para el taller de lectura virtual En las nubes de la ficción. Universidad del Pacífico, junio de 2013

“De aquí no saldrás hasta tu muerte, au zonza; morirás ni bien empieces a subir la cuesta”.

Acordándome nomás estoy de ese día que mi mama me dijo, ha venido doña Estefania de nuevo, ándate de una vez, aquí no hay sitio para ti. Mi taita también aborreciéndome seguro: ¡Anda, aquí más carga estás haciendo, busca para tu barriga siquiera!… Cargando mi quipi, me vine ahí mismo esa bajada, sin parar hasta el ojonal que hay al pie de Aitumanga. Un rato estuve por ahí matando sapos, después brincoteando junto a los más chiquititos que se escapaban entre las matas, “¡Challhua! ¡challhua!, diciéndoles… A la oracioncita todavía llegué a La Colpa, a ese sitio feo, silencioso, donde crecen solo cortaderas. Al fondo, escondida en la quebrada estaba su casa de la mujer. Quise volverme acordándome del arco iris que decían que por ahí salía; pero tomando valor avancé nomás. Ni perros siquiera salieron a ladrarme cuando asomé a la choza. Envuelta en su reboso, doña Estefania salió a recibirme. Medio jorobada, flaca, puro pellejo, me miraba con sus ojos que parecían tener nube. Ya no vendrá diciendo estuve por trancar mi puerta, dijo retirando su pelo cenizo que se desparramaba por su cara llenita de anugas. Sin ni saludarla, de un brinco me metí en su choza, sintiendo como que alguien me quisiera empuñar por atrás. Tienes susto, me dijo ya adentro, mañana me haces acordar para shojmarte con ramas. Y verdad, pues, al otro día tempranito me bañó sobando sobando mi cuerpo con su flor del puyó, con yerbasanta y no sé qué otras ramas más; después me mandó a abrigarme con una manta. De ahí me acuerdo que a los dos o tres días será, cuando estábamos en la cocina pelando papitas, vueltas y vueltas me advirtió: que si por si dizque oyera yo llamar a alguien desde afuera cualquier noche o silbar, no respondiera para nada ni fuera a molestarla a su cuarto. Arropándote con la frazada te has de dormir, me dijo, si no el espíritu del río te va a cargar vas a ver o si no yo misma, maneándote, te voy a entregar si me desobedeces… De aquella vez hasta ahora varias lunas ya han pasado, y ella creyendo estará seguro que le tengo miedo al espíritu del río; qué espíritu ni nada, si el río está seco en este tiempo, solo cuando carga he oído decir a mis taitas que el río se vuelve hombre y se lleva a las muchachas. Lo que sí tengo miedo de veras es que ese hombre que viene a verla a doña Estefania dejando una luna, sepa que yo también vivo en esta casa y quiera después hacer sus cochinadas conmigo como hace con ella. No falta nada ya casi para la otra luna, por eso he tomado la determinación de irme ahora mismo, pase lo que pase; así cumpla con su amenaza de matarme, como me ha hecho oír cada que le he confiado que me quiero ir porque no me acostumbro. solo muerta saldrás de acá, me ha respondido. Y yo ya sé que ella de cumplir lo cumple. A cuántos ya habrá matado. Mentada es. Desde el otro lado del Marañón se vienen buscándola, algunos a pie otros montados en sus bestias. La semana pasada nomás un viejo llegó con sus burros. Antes que ni se sentara a sosegar, doña Estefania le dijo, Ya sé de dónde vienes, tú no eres ni de Huayllabamba ni de Cutamayo; has hecho bien en no ser de por acá, porque yo trabajo solo con los de lejos. ¿Qué quieres?, ¿que lo mate al que te robó tu buey? Tanto te va a costar. Pasado mañana cuando llegues a tu tierra lo vas hallar tirado, velándose. Ven, entra; te voy a dar unas bebidas para que lleves, para que sin venir de nuevo de tan lejos te deshagas tú mismo de tus enemigos. Y seguro que lo encontraría muerto a su contrario, porque el hombrecito hasta ahora no ha vuelto.

Por eso nomás, siempre siempre he tenido miedo de escaparme. Algo me hará diciendo. Bueno, pero antes era todavía de soportar; siquiera remedando a los cuyes cuando mascaban su yerba me distraía; también cuando me ponía a arrancarles sus patitas a los grillos; harta risa me daba, viéndoles que no podían saltar. Pero desde esa noche que lo vi desmontar a ese hombre en la puerta de la casa, todito mi cuerpo como descompuesto para; no sé qué laya estoy, medio turbada me siento. A mi taita, cuando ha venido a verme, tanto le he rogado que me saque de este sitio. ¿Pero acaso me ha hecho caso siquiera? Cobrándolo a doña Estefania, rápido rápido se ha vuelto sin atenderme cuando le he querido contar. Ni de mi mama ni de mis hermanitos me ha dado noticia por último. Como así son, no voy a tenerles pena yo tampoco ahora. Saliendo de acá a donde sea me voy a ir, no les he de llegar… Ahora doña Estefania está en cama, muy mal; más pálida que nunca. Con estas ramas que me ha hecho recoger, seguro piensa sanarse como otras veces que se ha quedado enferma después que su galán se ha ido… Clarito me acuerdo de la primera vez que llegó ese hombre. De noche era. Yo ya estaba acostada. En eso me entraron ganas de salir a mear. Abriendo la puerta de la cocina, salí afuera. Ya estuve por sentarme, cuando en eso, no sé cómo, levanto la cabeza y veo que por encima de la casa unos arquitos de colores, como luces que temblaban en el aire, se cruzaban unos encima de otros. ¡Achallau!, dije, qué bonito; y rápido me levanté para mirar de más cerca. Bocabierta me quedé ahí paradita un rato. “¿Has visto, Eufemia, esos arcos de colores que se cruzan encima de su casa de doña Estefania?”. “Achachay, encanto será, Gabino, ¿qué otra cosa, pues?; éntrate, a lo mejor en su hora estará”. Acordándome de esa vez que así hablaron mi taita con mi mama, de un brinco me metí en la cocina, pensando echarme en la cama y arroparme con la frazada; pero en eso que entro lo veo que de su cuarto de doña Estefania salía por las hendijas una luz medio amarillenta que poco a poco se iba haciendo blanca, más blanca, hasta alumbrar, ¡achic!, como en el dia. ¡Yaa!, ¿qué, pues?, diciendo me asomé bonito nomás sin hacer ruido hasta una hendija. Entonces adentro lo veo a la mujer que apurada apurada se bañaba metida en una batea grande, bonita, que nunca había visto yo que tenía. Pero lo que más llamó mi atención fue esa luz. ¿De dónde pues?, dije, si ella ni vela tiene a veces. Entonces me acordé que igualito a esa luz vi en Sihuas, cuando mi taita me pidió acompañarlo a volver unas bestias de la hacienda. Es luz de lámpara, me dijo, al pasar por una tienda. Luz de esa laya de lámpara será pues, dije entre mí; pero por más esfuerzos que hice, no pude verla. Estará colgada por ahí, pensé… Cuando de nuevo me fijé en la mujer, me pareció que no era ella sino otra. Más muchacha se veía. Aunque su cara era igual, su cuerpo no. Conforme se bañaba, frotándose con esas ramas, parecía que se iba llenando de carnes, y su pellejo también, de lo arrugado que estaba, más lisito se iba poniendo. Me limpié los ojos, quién sabe tendré legaña, diciendo; pero no, clarito vi que su cara estaba ahora más muchacha y su pelo también de lo ceniciento que era se estaba volviendo más negrito. Cuando terminó de bañarse y secarse con un paño de cara, no era doña Estefania aquella mujer, sino una muchacha buenamoza, alta, que tenía ahora puesto sobre su cuerpo calapacho un camisón como de aire o como de garúa fina. Hierbas para hacerse joven también habrá pues seguro, me quedé pensando. En eso oigo que alguien llama de afuera con voz de hombre, ¡Estefania! ¡Estefania! diciendo. Casito pero, salgo corriendo. No sé cómo me acordé de sus advertencias. De puro jushga, me acerqué al otro lado de la cercha, desde donde puede verse el corredor y, más allá, el camino… Un jinete era el que estaba ahí afuera esperando, montado en un caballo blanco en el que relumbraban su bocado y los aperos de plata a la luz de la luna que recién había salido. Hacendado será, dije, viéndolo togado, de poncho blanco, sombrero y botas. Volvió a llamar un poco más bajo que antes. Al ratito todavía se abrió la puerta. Ahí fue que desmontó. Despacio empezó a avanzar hacia la casa, caminando elegante, haciendo sonar, ¡shin! ¡shin!, sus roncadoras. La muchacha, abriendo los brazos, corrió a colgarse de su cuello. Él la abrazó por la cintura. Un rato se mucharon ahí en el corredor, sin despegar sus bocas. Después, anchaditos de la mano, entraron a la casa. Bien buenmozo había sido el hombre, más alto que ella, tenía barba y sus cabellos también eran rubios, como candela todavía; sus ojos, azulitos, que en el día seguro no podían ver. Solo sus cejas daban miedo; parecían como del chancho cuando se encrespa. Parados a mitad del cuarto, seguían muchándose. Hasta ese rato no me había dado cuenta que ese cuarto no era su cuarto de doña Estefania. Otro era, más bonito y grande. Ni en la hacienda Santa Clara vi esas alfombras que había en el suelo. Parecían hechas de esa tela del guión de San Pedro, así con sus felpas y todo como de oro. Espejos también había por todos lados, grandes y chicos. Alhajas de oro y plata relumbraban en esas paredes forradas con tela. Muebles también había, ¡achallau!, finos, más bonitos de los que vi en casa de los hacendados esa vez que fuimos con mi mamita y mi tía Agustina por papas llamlinas. Masqui mira, eso dizque se llaman muebles, me dijo mi tía, sirven para sentarse; ahí fue que conocí… Agarraditos de la mano, estaban que se reían ahora, queriéndose el uno al otro, bien sentados en uno de esos muebles. Hablaban también, pero bien bajito, qué diciéndose será pues. En eso me fijé que sus muelas del hombre eran de purito oro. Ah, pucha, dije, este hombre será pues bien proporcionado para que hasta sus muelas se haya hecho poner de oro. Así pensando que estoy, ya los veo que se levantan, se abrazan de nuevo en medio de la habitación se muchan, fuerte, con ganas, haciendo sonar todavía sus bocas. Luego los veo que se calapachan y se echan en un catre el uno sobre el otro; puro lujo ese catre también, blando el colchón… Medio me dio vergüenza mirar, un ratito bajé la cabeza, y cuando de nuevo la alcé, ¡Santo Dios!, un chivo estaba sobre la mujer, un tremendo chivo que con su vergüenza de purita candela, la hacía sufrir o gozar será; pero ella estaba como muerta. Todito mi cuerpo se desvaneció. Como atontada me quedé ahí nomás en mi sitio agarrada mi cabeza, no sabiendo qué hacer. Quién sabe habré soñado diciendo, al rato asomé mis ojos de nuevo por la hendija haciendo un esfuerzo. Entonces lo vi al hombre que ya se vestía. Ahora era el caballero del comienzo. Apurado apurado se abotonaba su camisa. Ella sí no parecía darse cuenta. Como dormida estaba. Apenitas se oía su respiración. Ese mismo rato, mirando que estoy, las cosas empezaron a desaparecer poco a poco; algunas a recuperar su forma y su color del comienzo, como ese catre de lujo que poquito a poco se fue despinte y despinte y sus adornos perdiéndose hasta volverse lo que había sido antes: la tarima vieja de doña Estefania. A ella también la vi que, acostada donde estaba, empezaba a arrugarse su cara y el resto de su cuerpo, y su pelo a volverse cenizo… Una vez que terminó de vestirse el hombre, pegó una mirada a la mujer que seguía durmiendo, y, sin despertarla, salió del cuarto empuñando su sombrero. La luz brillante que hace ratito alumbraba, amarillándose amarillándose se apagó. Cuando miré para afuera, vi que el hombre ya montaba en su bestia, y que después se iba prosista. Chispas salían de los cascos del animal, como ninacuros que volaran bajito, prendiéndose y apagándose. Todo era silencio a esa hora, hasta los sapos y los grillos seguro dormían. Blanca brillaba la luna, como un queso allá arriba, y acá abajo, parecía agua derramada sobre las laderas… Después que se despertó, la mujer se estuvo queje y queje en su cama, sin llamarme para nada. Yo, calladita, bien arropada mi cabeza, no pude dormir todita la noche. Al otro día temprano, haciéndome la inocente, me acerqué a preguntarle qué tenía, qué le dolía. Todo mi cuerpo, me dijo, para no toparlo está, como si me hubieran dado una paliza; pero yo sé cómo curarme… Y ahí fue la primera vez que me mandó recoger esa rama que se llama azularia y que hay por abajo, por Potrero. Varios días demoró esa vez en mejorarse, como siempre que se quedaba así. A los que venían a buscarla para que les haga un “trabajito”, como decían, tenía que decirles que no estaba, que se habia ido de viaje, que regresaran por lo menos en un par de semanas todavía… Ahora mismo la mujer está en cama. Amarrada su cabeza con un trapo. Escucho que me llama. Seguro quiere que vaya a recoger más ramas para la noche. ¡Anaychi!, ya estoy harta de esto. Hoy mismo voy a sacar mi quipi, y haciéndome la que va a hacer sus mandados, me voy a escapar. Aunque me mate, no importa, como tantas veces ha dicho. Pero más estoy segura que es ella la que va a morir primero, porque la pócima que me ordenó preparar enantes, no es la que la cura, sino la misma que le dio a ese viejo del Marañón y que ahorita nomás acaba de tomársela.

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