Raymond Chandler, «Estaré esperando»

Raymond Chandler (1888-1959)

Estaré esperando

Edición para el taller de lectura En las nubes de la ficción.
Universidad del Pacífico, abril de 2015.

Era la una de la madrugada cuando Carl, el portero nocturno, apagó la última de las tres lámparas de mesa del vestíbulo principal del hotel Windermere. El azul de la alfombra se oscureció un par de tonos y las paredes retrocedieron hasta hacerse distantes. Las sillas se llenaron de sombras perezosas. Los recuerdos colgaban como telarañas en los rincones.

Tony Reseck bostezó. Ladeó la cabeza y escuchó la frágil, nerviosa música que salía de la sala de radio situada detrás del pequeño arco en que terminaba el vestíbulo. Frunció la frente. Aquella debería ser su sala de radio, a partir de la una de la madrugada. Nadie debería estar en ella. Aquella pelirroja le destrozaba las noches.

Desapareció el fruncimiento y una sonrisa en miniatura se le dibujó en las comisuras de la boca. Aflojó los músculos. Era un hombre de edad madura, bajito, pálido, barrigón, de largos y delicados dedos ahora asidos al diente de alce de la cadena de su reloj; dedos largos y delicados, de ilusionista, dedos de uñas brillantes, bien perfiladas, de afiladas falanges inferiores, dedos de extremos un tanto espatulados. Dedos hermosos. Tony Reseck se frotó las manos con dulzura. Había una paz en sus tranquilos ojos grisáceos.

El fruncimiento volvió a su rostro. La música le molestaba. Se levantó con singular agilidad, de un solo movimiento, sin apartar las manos de la cadena del reloj. Sentado con sosiego en determinado momento, al siguiente ya estaba erguido, aplomado sobre los pies completamente inmóvil, tanto, que el movimiento de levantarse lucía como una acción imperfectamente percibida, como un error visual.

Empezó a caminar pisando delicadamente la alfombra azul con sus zapatos pequeños y brillantes y cruzó la arcada. La música había aumentado de volumen. Contenía el ruido ardiente y corrosivo, las carreras frenéticas y nerviosas de una competición, de música improvisada. Sonaba demasiado alta. La pelirroja estaba sentada y contemplaba en silencio la rejilla de la voluminosa radio como si pudiera ver a la orquesta, su estereotipada sonrisa profesional, el sudor que corría por las espaldas. Estaba ovillada con las piernas bajo el cuerpo en un sofá que parecía tener casi todos los almohadones de la sala. Se encontraba primorosamente envuelta en ellos, como un ramillete en el papel de la floristería.

No alzó la cabeza. Siguió inclinada, una mano cerrada sobre la rodilla color durazno. Vestía un pijama de seda de gruesos ribetes y bordado de negros capullos de loto.

—¿Le gusta Goodman, señorita Cressy? —preguntó Tony Reseck.

La chica movió despacio los ojos. Había poca luz, pero el violeta de aquellos ojos casi ofendía. Eran unos ojos grandes y profundos, sin la menor huella de pensamiento en ellos. Su rostro, clásico, carecía de expresión.

No dijo nada.

Tony sonrió, se llevó los dedos a las comisuras y los movió uno por uno, consciente de su contacto.

—¿Le gusta Goodman, señorita Cressy? —repitió con amabilidad.

—Lo detesto —dijo la chica, con una voz sin inflexiones.

Tony se balanceó sobre los talones y la miró a los ojos. Grandes, profundos, vacíos. ¿O no? Se inclinó y apagó la radio.

—No me malinterprete —dijo la chica—. Goodman saca dinero y un tipo que saca dinero legal en estos tiempos es un tipo al que hay que respetar. Pero su música parece de cervecería. Prefiero las cosas un poco acarameladas.

—A lo mejor le gusta Mozart —dijo Tony.

—Ahora me está tomando el pelo —dijo ella.

—De ningún modo, señorita Cressy. Creo que Mozart es el hombre más grande que haya existido jamás y Toscanini, su profeta.

—Creí que usted era el detective del hotel —apoyó la cabeza en un cojín y lo observó por entre las pestañas—.

—Póngame algo de ese Mozart —añadió.

—Es demasiado tarde —suspiró Tony—. No es posible ahora.

La muchacha le dedicó otra mirada clara y prolongada.

—Me echó el ojo, ¿eh, pies planos? —Rió levemente, casi para sus adentros—. ¿Hice algo malo?

Tony esbozó su minúscula sonrisa.

—Nada, señorita Cressy. Nada en absoluto. Pero usted necesita tomar un poco de aire. Lleva cinco días en este hotel y todavía no salió a la calle. Y tiene una habitación en lo más alto del edificio.

La chica volvió a reír.

—Hágame un cuento con eso, dele. Estoy aburrida.

—En cierta ocasión estuvo aquí una chica que ocupaba su misma suite. Estuvo en el hotel toda una semana, igual que usted. Sin salir para nada, quiero decir. Casi no hablaba con nadie. ¿Qué le parece que hizo?

Ella lo miró seria.

—Se fue sin pagar la cuenta.

El hombre extendió su larga y delicada mano, agitó los dedos y produjo un efecto como de olas que se rompen.

—No. Hizo que se la preparasen y la pagó. Después le dijo al botones que recogiera su equipaje en media hora. Y salió al balcón.

La muchacha se incorporó un poco con los ojos todavía en guardia, y se acarició la rodilla aduraznada.

—¿Cómo dijo que se llama usted?

—Tony Reseck.

—Suena húngaro.

—No —dijo Tony—, es polaco.

—Siga, Tony.

—Todas las habitaciones de arriba tienen balcones particulares, señorita Cressy. Y con barandillas demasiado bajas para estar a catorce pisos de altura. La noche era muy oscura y estaba nublado —dejó caer la mano en un gesto final, de despedida—. Nadie la vio saltar. Pero cuando se produjo el choque, fue como un cañonazo.

—Está inventando, Tony —dijo ella con un susurro seco.

El hombre esbozó su módica sonrisa. Sus tranquilos ojos grises parecían casi alisar las largas ondas del pelo femenino.

—Eve Cressy —dijo ella soñadoramente—. Un nombre que espera rodearse de luces y espera a un tipo alto y moreno que no vale nada, Tony. Y no me pregunte por qué. Estuve casada con él. Y podría volver a estarlo. En la vida se pueden cometer muchos errores.

La mano que reposaba en la rodilla se abrió lentamente hasta que los dedos no pudieron retroceder más. Entonces volvió a cerrarla con rapidez y sequedad, y aun a la escasa luz reinante brillaron los nudillos como huesitos pulimentados.

—Una vez le hice una jugada sucia —siguió—. Lo metí en un lío, sin intención. Tampoco pregunte por qué. Y ahora me siento en deuda.

El hombre se adelantó con suavidad para hacer girar la perilla de la radio. Las notas de un vals tintinearon en el aire. Un vals de oropel, pero vals al fin. Subió el volumen. La música brotaba del altavoz en torbellinos de atenuada melodía. Desde que Viena dejó de existir, todos los valses resultaban sombríos.

La chica ladeó la cabeza, canturreó tres o cuatro compases y se detuvo, la boca súbitamente tensa.

—Eve Cressy —dijo—. Una vez hubo luces. En un club nocturno de mala muerte. Un tugurio. Hubo una redada y las luces se apagaron.

Él sonrió casi burlón.

—Mientras usted estuvo allí no fue ningún tugurio, señorita Cressy… Este es el vals que la orquesta tocaba siempre que el viejo portero se paseaba frente a la entrada del hotel, con el pecho lleno de medallas en La última carcajada. Protagonizada por Emil Jannings. Seguramente no la recordará, señorita Cressy.

—Primavera, hermosa primavera —dijo—. No, no la vi.

El hombre se alejó tres pasos y se dio vuelta.

—Tengo que subir a revisar las puertas. Espero no haberla molestado. ¿Por qué no se va a la cama? Es un poco tarde.

El vals de relumbrón se detuvo y una voz rompió a hablar. La chica tomó la palabra por entre el sonido de la voz.

—¿De veras me cree capaz de una cosa así? Lo del balcón, quiero decir.

El hombre asintió.

—Quizá —dijo con suavidad—. Pero ya no.

—En ningún momento, Tony —la sonrisa de ella era como una hojita perdida—. Vuelva para contarme más cosas. Las pelirrojas no saltan al vacío, Tony. Viven y se marchitan.

Él la miró seriamente durante un momento y se fue. El portero estaba en la arcada que conducía al vestíbulo principal. Tony no había mirado en aquella dirección, pero sabía que había alguien allí. Siempre detectaba las presencias. Podía oír crecer la hierba, como el asno de El pájaro azul.

El portero le hizo una seña con el mentón. La ancha cara que se alzaba por encima del cuello del uniforme parecía sudorosa y alarmada. Tony se acercó a él, cruzaron juntos la arcada y salieron al centro del pequeño vestíbulo.

—¿Dificultades? —preguntó Tony con cansancio.

—Afuera hay un tipo que quiere verte, Tony. No quiere entrar. Estaba limpiando los vidrios de las puertas y se me acercó, un tipo alto. “Quiero ver a Tony”, dijo con la boca torcida.

—Bueno —respondió Tony, que seguía contemplando los ojos celestes del portero—. ¿Cómo se llama?

—Dijo que Al.

La cara de Tony se volvió tan inexpresiva como si fuera de pasta de amasar.

—Okey —empezó a caminar.

El portero lo retuvo por la manga.

—Escúchame, Tony, ¿tienes enemigos?

Tony rió cortés, la cara todavía como pasta de amasar.

—Escúchame, Tony —agregó el portero sin soltarle la manga—. Hay un auto negro al final de la manzana, en dirección contraria a los taxis. Hay un tipo al lado, con el pie en el estribo. El que me habló llevaba un abrigo oscuro, todo abotonado, el cuello alzado hasta las orejas. Y el sombrero calado. Apenas si se le puede ver la cara. Dijo: “Quiero ver a Tony”, con la boca torcida. Tú no tienes enemigos, ¿verdad, Tony?

—Sólo en mi financiera —dijo Tony—. Ahora ándate.

—Empezó a caminar por la alfombra azul, muy despacio y un poco endurecido, y subió los tres suaves peldaños que daban acceso al vestíbulo de entrada, que tenía tres ascensores a un lado y el mostrador de recepción al otro. Solo funcionaba uno de los ascensores. Junto a las puertas abiertas, cruzado de brazos, el ascensorista nocturno permanecía en silencio, vestido con su pulcro uniforme azul de alamares plateados. Era un mexicano moreno y flaco llamado Gómez. Un mozo nuevo que trabajaba en el turno de noche.

Al otro lado estaba el mostrador de recepción, de mármol rosado, con el encargado nocturno suavemente recostado sobre él. Un hombrecito limpio de bigote rojizo y fino, y mejillas tan rojas que parecían maquilladas. Miró a Tony y se frotó el bigote con una uña.

Tony le apuntó con el índice estirado, encogió corazón, anular y meñique, alzó el pulgar y, sin doblarlo, lo dejó caer sobre el índice rígido. El empleado se rozó la otra punta del bigote con aire aburrido.

Tony dejó atrás el quiosco cerrado y en sombras y la puerta lateral de la farmacia, para llegar a las puertas de paneles de cristal y marco de bronce. Se detuvo exactamente frente ellas y tragó una profunda e intensa bocanada de aire. Cuadró los hombros, abrió las puertas y salió al aire nocturno, frío y húmedo.

La calle estaba oscura y en silencio. El ruido del tráfico de Wilshire, a dos manzanas de distancia, era insignificante. Había dos taxis a la izquierda. Los choferes estaban apoyados en el guardabarros, uno junto a otro, fumando. Tony empezó a caminar en dirección contraria. El gran auto negro estaba a un tercio de manzana de la puerta del hotel. Habían reducido las luces al mínimo y solo cuando lo tuvo a corta distancia alcanzó a oír el suave rumor del motor.

Una figura alta se apartó del vehículo y se dirigió hacia él, las manos en los bolsillos del abrigo oscuro con el cuello subido. En la boca del hombre, como una perla herrumbrosa, brillaba levemente un pucho.

Cuando se encontraron frente a frente se detuvieron.

—Hola, Tony —dijo el alto—. Hace tiempo que no nos veíamos.

—Hola, Al. ¿Cómo estás?

—No me puedo quejar —el alto hizo ademán de sacar la derecha del bolsillo, pero se contuvo y rió suavemente—. Me había olvidado. Me parece que no quieres que nos demos la mano.

—Es algo que no tiene sentido —dijo Tony—. El apretón de manos. Los monos se dan la mano. Bueno, Al, ¿qué carajo te pasa?

—Sigues siendo el gordito gracioso de siempre, ¿eh, Tony?

—Supongo —dijo Tony con un tenso parpadeo.

Notaba un nudo en la garganta.

—¿Te gusta trabajar ahí?

—Es un trabajo —Al volvió a reírse suavemente.

—Tú, tranquilo, Tony. Yo me muevo por ti. O sea que es un trabajo y que quieres conservarlo. Okey. Una muchacha que se llama Eve Cressy se aloja en tu tranquilo hotel. Hazla salir rápido. Ahora mismo.

—¿Qué es lo que pasa?

El alto recorrió la calle con la mirada. Atrás, en el auto, un hombre tosió apenas.

—Está enganchada con una basura. No tengo nada personal contra ella, pero te va a traer problemas. Hazla salir, Tony. Tienes una hora, más o menos.

—Claro —dijo Tony con indiferencia, sin expresión.

Al sacó la mano del bolsillo y la puso sobre el pecho de Tony. Le dio un empujón suave, perezoso.

—No hablo por hablar, gordito. Hazla salir de ahí.

—Okey —dijo Tony, sin la menor inflexión en la voz.

El alto apartó la mano y la dirigió a la portezuela del auto. La abrió y empezó a escurrirse adentro como una delgada sombra muy negra.

Pero se frenó a mitad de camino, le dijo algo a los hombres que había adentro y volvió a enderezarse. Volvió al lugar adonde lo esperaba Tony en silencio, con los ojos claros iluminados levemente por los reflejos de la calle.

—Mira, Tony. Siempre fuiste discreto. Eres un buen tipo.

Tony no dijo nada.

Al se inclinó hacia él con la sombra alargada y ansiosa, el cuello alzado rozándole casi las orejas.

—Es un asunto feo, Tony. A los muchachos no les gustaría, pero te lo voy a contar de todas formas. La Cressy estuvo casada con una basura que se llama Johnny Ralls. Ralls salió de San Quintín hace unos días, una semana más o menos. Le encajaron tres años, por homicidio involuntario. La muchacha lo metió allí. Atropelló a un viejo una noche, borracho, y ella iba con él. Johnny quiso borrarse, pero ella le dijo que se entregara y contase la verdad. Él no se entregó. Y ella, que lo había amenazado con hacerlo, lo metió en cana.

—Increíble —dijo Tony.

—Así es el Evangelio, muchacho. Mi trabajo consiste en saber cosas. Y el tal Ralls, cuando estaba adentro, se pasaba hablando de la chica, de que iba a estar esperándolo cuando saliera, pronta para perdonar y olvidar, y que iría a buscarla.

—¿Y a ti por qué te importa ese hombre? —indagó Tony con voz seca y áspera, como una rasgadura en un papel grueso.

Al se rió.

—Los muchachos de ilícitos quieren verlo. Llevaba una mesa de juego en un local del Strip y organizó un chanchullo. Entre él y otro tipo le soplaron a la casa cincuenta grandes. El otro aflojó la mosca, pero todavía nos faltan los veinticinco de Johnny. Los de ilícitos no cobran por olvidar.

Tony recorrió la oscura calle con la mirada. Uno de los taxistas tiró un pucho que trazó una hipérbole por encima de uno de los taxis. Tony la vio caer y chisporrotear en el asfalto. Escuchó el suave ronroneo del motor del gran auto negro.

—No quiero saber nada de esto —dijo—. Pero la voy a hacer salir.

Al se alejó asintiendo.

—Un buen muchacho. ¿Cómo está mamá?

—Bien —dijo Tony.

—Dile que pregunté por ella.

—Preguntar por ella no sirve para nada —respondió Tony.

Al se dio vuelta con rapidez y se metió en el coche, que giró perezosamente a mitad de manzana y retrocedió hacia la esquina. Se encendieron las luces y barrieron una pared. Dobló la esquina y desapareció. El penetrante olor de los gases del tubo de escape alcanzó el olfato de Tony, que volvió hasta el hotel y entró. Fue hasta la sala de radio.

El aparato seguía murmurando, pero la chica ya no estaba en el sofá. Los almohadones conservaban el hueco de su cuerpo. Tony se inclinó y los tocó. Le pareció que todavía conservaban cierto calor. Apagó la radio y se quedó inmóvil, haciendo remolinear el pulgar con la mano abierta y pegada al estómago. Entonces volvió al vestíbulo, en dirección a los ascensores, y se detuvo junto a un jarrón de mayólica con arena blanca. El empleado daba vueltas atrás de una pantalla de cristal esmerilado, en la punta del mostrador. La atmósfera estaba inmóvil.

La zona de los ascensores estaba a oscuras. Tony miró la aguja indicadora del camarín central y vio que estaba en el piso 14.

—Se fue a dormir —dijo en voz baja.

—La puerta del alojamiento del portero, situada junto a los ascensores, se abrió y dio paso al ascensorista nocturno, el pequeño mexicano, vestido con ropa de calle. Sus ojos color castaño claro enfocaron a Tony con tranquilidad.

—Buenas noches, jefe.

—Sí —dijo Tony, abstraído.

Sacó del bolsillo del chaleco un fino puro moteado y lo olisqueó. Lo observó despacio, dándole vueltas entre los pulcros dedos. Tenía un leve desgarrón longitudinal. Entonces frunció la frente y lo botó.

Se oyó un ruido lejano y la aguja del indicador comenzó a girar en el círculo de bronce. Aparecieron las luces del ascensor y la línea recta del piso de la caja disolvió la oscuridad del fondo. Se detuvo el ascensor, se abrieron las puertas y salió Carl.

Sus ojos se sobresaltaron un poco al tropezar con los de Tony, y caminó hacia él con la cabeza ladeada y un leve brillo a lo largo del rosado labio superior.

—Escúchame, Tony.

Tony lo agarró del brazo y le hizo dar vuelta con brusquedad. Lo empujó con rapidez, aunque también con naturalidad, escalones abajo, hasta el oscuro vestíbulo principal, y lo llevó a un rincón. Le soltó el brazo. La garganta se le había puesto otra vez tirante, sin que supiera por qué.

—¿Y bien? —dijo sombríamente—. ¿Qué tengo que oír?

El mozo metió la mano en un bolsillo y sacó un dólar.

—Me dio esto —dijo con indolencia. Sus ojos miraron el vacío, más allá del hombro de Tony. Parpadeaba muy rápido.

—Hielo y cerveza de jengibre.

—No me vengas con cuentos —gruñó Tony.

—Es el tipo de la 14 B —insistió el portero.

—Déjame que te huela el aliento.

El mozo se adelantó hacia él, obediente.

—Alcohol —dijo Tony con resolución.

—Me invitó un trago.

Tony miró el billete de un dólar.

—No hay ningún huésped en la 14 B. No en mi lista, por lo menos —dijo.

—Sí. Sí que lo hay —el mozo se lamió los labios y parpadeó varias veces—. Un tipo moreno y alto.

—Está bien —dijo Tony de mal humor—. Está bien. En la 14 B hay un tipo alto y moreno que te dio un billete y te invitó un trago. ¿Y qué?

—Tenía una pistola bajo el brazo —explicó Carl y parpadeó de nuevo.

Tony sonrió, pero sus ojos tenían el brillo mortecino del hielo grueso.

—¿Tú subiste a la señorita Cressy a su habitación?

Carl negó con la cabeza.

—Fue Gómez. Lo vi acompañarla.

—Vete —dijo Tony entre dientes—. Y no aceptes más tragos de los huéspedes.

No se movió hasta que Carl se metió en el cubículo que había junto a los ascensores y cerró la puerta. Después subió en silencio los tres escalones y se quedó frente al mostrador con los ojos fijos en el mármol rosado y veteado, en el portaplumas de ónix y en la nueva cartulina de inscripción con su marco de cuero. Alzó una mano y la dejó caer con fuerza en el mármol. El empleado apareció atrás de la mampara de cristal, como una ardilla que sale de su madriguera.

Sacó del bolsillo superior un papel y lo desplegó en el mostrador.

—Aquí no figura nadie en la 14 B —dijo con voz agria.

El empleado se tocó cuidadosamente el bigote.

—Lo lamento. Seguramente estabas cenando cuando se inscribió.

—¿Quién?

—Un tal James Watterson, de San Diego —dijo el empleado bostezando.

—¿Preguntó por alguien?

El empleado interrumpió un bostezo y miró la coronilla de Tony.

—Sí. Preguntó por una orquesta de swing. ¿Por qué?

—Vivo, rápido y gracioso si los hay —dijo Tony. Anotó el nombre en el papel y se lo guardó en el bolsillo—. Voy arriba a revisar puertas. Tienes sin alquilar todavía cuatro habitaciones superiores. Y despéjate, hijo. Estás que te caes.

—Voy a tratar —gruñó el empleado mientras terminaba el bostezo—. No tardes, niño. No sé cómo matar el tiempo.

—Podrías afeitarte esa pelusa exquisita que tienes en el labio —dijo Tony, y fue hacia los ascensores.

Abrió uno de los que estaban apagados, encendió la luz superior y apretó el botón del 14. Volvió a apagarlo, salió y cerró las puertas. El rellano era allí más chico que en los demás pisos, excepto el del inmediato inferior. Las tres paredes que lo formaban tenían sendas puertas azules de una sola hoja. En cada puerta había un número, una letra y una filigrana dorada. Tony fue a la 14 A y acercó el oído a la madera.

No oyó nada. Eve Cressy podía estar durmiendo, en la cama, en el cuarto de baño o en el balcón. O bien, sentada a pocos pasos de la puerta, contemplando las musarañas. En este último caso, mal podía oírla. Fue a la 14 B y repitió la operación. Allí era otra cosa. Se oía ruido adentro. Un hombre tosía. En cierto modo, parecía una tos solitaria. No escuchó voces. Apretó el nacarado botón que había al lado de la puerta.

Unos pasos se aproximaron sin apuro. Y una voz pastosa habló al otro lado de la madera. Tony no respondió, no hizo el menor ruido. Volvió a apretar el timbre.

El señor James Watterson, de San Diego, tendría que haber abierto enseguida y provocado algún ruido. Pero no lo hizo. El silencio que se aposentó al otro lado de la puerta era como el de un glaciar. Tony acercó otra vez la oreja. Silencio absoluto.

Sacó una llave maestra prendida de una cadena y la introdujo suavemente en la cerradura. La hizo girar, abrió la puerta unos centímetros y retiró la llave. Entonces, esperó.

—Está bien —dijo una voz con aspereza—. Entre y cobre.

Tony abrió del todo y se quedó quieto, enmarcado por la luz del rellano. El hombre era alto, de pelo negro y cara angulosa y pálida. Empuñaba una pistola. Y la empuñaba como si entendiera de pistolas.

—Entre —roncó.

Tony cruzó el umbral y cerró con el hombro. Mantenía las manos ligeramente separadas de los costados, los ágiles dedos doblados y fláccidos. Sonrió con serenidad.

—¿El señor Watterson?

—¿Qué más?

—Soy el detective de la casa.

—Dan ganas de morirse.

El hombre alto, de cara pálida, en cierto modo apuesto y en cierto modo no, retrocedió lentamente. La habitación era grande, con balcones en dos de sus lados. Cada una de las habitaciones de la torre disponía de un balcón particular al que daba acceso una ventana. Frente a un agradable sofá había un juego de atizadores tras una mampara de madera. En una bandeja del hotel distinguió un vaso alto, empañado, junto a un sillón hondo y cómodo. El hombre retrocedió hasta el mueble y se quedó adelante. La pistola, grande y reluciente, se inclinó y apuntó hacia el suelo.

—Para morirse —repitió—. Llevo una hora en este cuchitril y el botón de la casa viene a llamarme a la puerta. Muy bien, encanto, registre el armario y el baño. Pero le advierto que la muchacha acaba de irse.

—Usted todavía no la vio —dijo Tony.

La descolorida cara del hombre se llenó de insospechadas arrugas. Su voz espesa bordeó el gruñido.

—¿De veras? ¿A quién no vi todavía?

—A una muchacha llamada Eve Cressy.

El hombre tragó saliva. Puso la pistola en la mesa, al lado de la bandeja. Se sentó en el sillón, rígido, como un hombre afectado de lumbago. Luego adelantó el cuerpo, descansó las manos en las rodillas y sonrió con toda la boca.

—Así que está aquí, ¿eh? Todavía no pregunté por ella. Soy un tipo precavido. Todavía no hice preguntas.

—Hace cinco días que está aquí —dijo Tony—. Esperándolo a usted. No se movió del hotel ni un minuto.

Al hombre se le agitó una mueca sonriente.

—Me retrasé un poco en el Norte —dijo con placidez—. Ya sabe: visitando a viejos amigos. Parece estar muy al tanto de mis asuntos, señor botón.

—Así es, señor Ralls.

El hombre se paró bruscamente y agarró la pistola de un manotazo. Se quedó quieto, apoyado en la mesa, fija la mirada.

—Las mujeres hablan demasiado —dijo con cierta sordina en la voz, como si entre los dientes tuviera algo blando que la oscureciera.

—Las mujeres no, señor Ralls.

—¿Eh? —la pistola resbaló en la dura madera de la mesa-. Hable claro, botón. Mi adivino está de vacaciones.

—Las mujeres no. Los policías. Los que tienen pistola.

El silencio glacial volvió a caer sobre ellos. El hombre se enderezó lentamente. Su rostro no tenía expresión, pero sus ojos parecían acosados. Tony adelantó su cuerpo rechoncho y más bien pequeño, de rostro amable, tranquilo, pálido y ojos tan claros como el agua de los bosques.

—Nunca descansan esos tipos —dijo Johnny Ralls y se lamió un labio—. Siempre alerta, día y noche. La empresa nunca duerme.

—¿Los conoce? —dijo Tony con voz suave.

—Tal vez pudiera largarle diez hipótesis. Y, de las diez, doce serían correctas.

—Los muchachos de ilícitos —dijo Tony esbozando una sonrisa.

—¿Dónde está ella? —preguntó ásperamente Johnny Ralls.

—En la habitación de al lado.

El hombre salió al balcón, dejando la pistola en la mesa, se quedó frente el muro y lo estudió con ojos atentos. Se subió entonces sujetándose a la reja de la divisoria. Cuando se soltó y volvió, su cara había perdido algunas arrugas. Sus ojos tenían un brillo más sosegado. Regresó junto a Tony.

—Estoy en un lío —dijo—. Eve me mandó un poco de plata y yo la multipliqué con un asunto que inventé en el Norte. Es dinero de los dos, quiero decir. Los muchachos de ilícitos hablaron de veinticinco de los grandes —sonrió malignamente—. Yo me pongo a contar y no pasa de quinientos dólares. Supongo que va a ser difícil hacérselos creer.

—¿Qué hizo usted con el otro? —preguntó Tony con indiferencia.

—Jamás lo tuve, botón. Olvídese de ese cuento. Soy el único individuo en el mundo que me cree. Aquello fue una trampa que me armaron.

—Puede que yo también lo crea —dijo Tony.

—No suelen matar. Pero pueden ser terriblemente duros.

—Unos forajidos —dijo Tony con un desprecio amargo y repentino—. Los tipos que andan con pistola no son más que forajidos.

Johnny Ralls tomó el vaso y lo vació. Los cubitos de hielo tintinearon suavemente mientras lo apartaba. Agarró la pistola, la hizo bailar en la mano y se la guardó boca abajo, en un bolsillo interior, a la altura del pecho. Se quedó mirando la alfombra.

—¿Por qué me cuenta todo esto, botón?

—Pensaba en que la dejase usted en paz un tiempo.

—¿Y si no lo hago?

—A mí me parece que lo hará —dijo Tony.

Johnny Ralls asintió con calma.

—¿Puedo salir de aquí?

—Puede tomar el ascensor de servicio, que lleva al garaje. Alquile un coche. Yo le doy una tarjeta para el empleado del garaje.

—Usted es un tipo gracioso —dijo Johnny Ralls.

Tony sacó una gastada billetera de piel de avestruz y garabateó en una tarjeta. Johnny la leyó y la sostuvo en la mano, golpeándola contra la uña del pulgar.

—Podría llevármela conmigo —apuntó, achicando los ojos.

—Y podría también dar otra clase de paseo —continuó Tony—. Ya le dije que está aquí desde hace cinco días. La descubrieron. Un conocido me llamó y me dijo que la sacara de aquí. Me explicó todo. Así que es a usted a quien voy a sacar en su lugar.

—Les va a encantar —dijo Johnny Ralls—. Y a usted le van a mandar violetas.

—Tengo días libres para lamentarlo.

Johnny Ralls dio vuelta la mano y observó la palma.

—Podría verla, igual. Antes de irme. La habitación de al lado dijo usted, ¿no?

Tony giró sobre los talones y fue hasta la puerta.

—No pierda el tiempo, caballero —dijo por encima del hombro—. Yo podría cambiar de idea.

—Que yo sepa, es posible que ya me esté jodiendo —dijo el hombre, casi con amabilidad.

Tony no se volvió.

—Es un riesgo que tiene que correr.

Llegó a la puerta y salió de la habitación. La cerró con cuidado, en silencio; miró una sola vez la puerta 14 B y entró en el oscuro ascensor. Bajó a la planta de la lavandería y salió para apartar la canasta que mantenía abierto el ascensor de servicio. La puerta se cerró con suavidad. Trató de que no hiciera ningún ruido. Al otro lado del pasillo había luz, la que salía por la puerta abierta de la oficina del conserje. Tony volvió al primer ascensor y bajó al vestíbulo.

El empleadito estaba escondido atrás del cristal esmerilado, revisando las cuentas. Tony cruzó el vestíbulo principal y entró en la sala de la radio. La radio estaba prendida otra vez, muy baja. Ella estaba allí, acurrucada en el sofá. El aparato derramaba un sonido tan leve como el murmullo de una alameda. La muchacha torció la cabeza despacio y le sonrió.

—¿Terminó de revisar las puertas? No podía dormir. Así que bajé otra vez. ¿Okey?

Él sonrió y asintió. Se sentó en un sillón verde y acarició los gruesos brazos tapizados.

—Claro, señorita Cressy.

—Esperar es lo más terrible que hay, ¿no le parece? Me gustaría que revisara esa radio. Suena como si retorcieran algo.

Tony manipuló el aparato, no pudo mejorar la sintonía y volvió a la emisora anterior.

—Los parroquianos están, todos, borrachos de cerveza.

La muchacha volvió a sonreírle.

—¿No le molesta que me quede aquí, señorita Cressy?

—Al contrario. Usted es una persona muy amable, Tony.

El hombre observó el suelo con el ánimo tenso y sintió un cosquilleo en el espinazo. Esperó a que se le pasara. Desapareció poco a poco. Entonces se echó hacia atrás, flojos otra vez los músculos, los pulcros dedos cerrados alrededor del diente de alce. Escuchó. No la radio, sino cosas lejanas, inconcretas, cosas amenazadoras. Y tal vez el seguro viraje de unas ruedas que se alejaban en una noche desconocida.

—Nadie es malo del todo —dijo en voz alta.

La muchacha lo miró desconcertada.

—Entonces me debo haber confundido dos o tres veces.

El hombre asintió.

—Claro —admitió juiciosamente—. Supongo que también hay malas personas.

La chica bostezó y entornó los ojos de intenso color violeta. Se acomodó en los almohadones.

—Quédese un rato, Tony. A lo mejor pesco un sueñito.

—Claro. No tengo nada que hacer. No sé para qué me pagan.

La muchacha se durmió enseguida y quedó totalmente inmóvil, como un niño. Tony contuvo el ruido de la respiración durante diez minutos. No hizo más que mirarla, la boca un tanto abierta. Había una quieta fascinación en sus límpidos ojos, como si estuviese frente a un altar.

Después se levantó con un infinito cuidado y al llegar al mostrador del vestíbulo de la entrada se quedó escuchando un rato. Oyó el rasgar de una pluma que no veía. Después cruzó hasta los teléfonos, que estaban instalados en el interior de pequeños compartimientos de vidrio. Descolgó uno y le pidió a la telefonista nocturna que lo conectara con el garaje.

Oyó el timbrazo un par de veces y entonces respondió una voz juvenil:

—Hotel Windermere. Aquí el garaje.

—Soy Tony Reseck. Es por un tal Watterson, que llevaba una tarjeta de mi parte. ¿Se fue?

—Claro, Tony. Hace casi media hora. ¿Lo pongo en tu cuenta?

—Sí —dijo Tony—. Es un conocido. Gracias. Hasta luego.

Colgó y se rascó el cuello. Volvió al mostrador y pegó una palmada. El empleado asomó la cabeza con una sonrisa de bienvenida que desapareció cuando vio a Tony.

—¿Es que no se puede trabajar en paz? —gruñó, mirándolo fijamente.

—¿Qué vas a poner en la cuenta de la 14 B?

—No se hizo ninguna cuenta para la parte alta.

—Hay que hacer una. El tipo se fue. No estuvo aquí más que una hora.

—Está bien, está bien —dijo el empleado, sin dar importancia al asunto—. Parece que el personaje no tiene suerte esta noche. Lo pondremos en gastos generales.

—¿Te alcanzan cinco verdes?

—¿Es amigo tuyo?

—No. Solo un borracho lleno de frustración y sin un clavo en el bolsillo.

—Supongo que se puede pasar por alto, Tony. ¿Cómo se fue?

—Lo puse en el ascensor de servicio. Tú estabas dormido. ¿Te alcanzan cinco verdes?

—¿Por qué?

Reapareció la billetera de piel de avestruz y un billete de cinco dólares se deslizó por el mármol.

—Es lo que le pude sacar —dijo Tony con indiferencia.

El empleado agarró los cinco con aire de asombro.

—Tú mandas —dijo levantando los hombros.

Sonó el teléfono del mostrador y el empleado descolgó. Escuchó y le pasó el auricular a Tony.

—Es para ti.

Tony tomó el aparato y se lo llevó cerca del pecho. Pegó los labios al tubo. No conocía esa voz. Tenía un dejo metálico. Sus sílabas eran escrupulosamente inidentificables.

—¿Tony? ¿Tony Reseck?

—Sí, soy yo.

—Un mensaje de Al. ¿Te interesa?

Tony miró al empleado.

—Sé bueno —le dijo. El empleado esbozó una leve sonrisa y se alejó—. Me interesa —dijo por el teléfono.

—Se nos armó un relajito con un tipo que estaba en el hotel. Lo agarramos cuando quería escaparse. Al tuvo la corazonada de que tú lo habías hecho salir. Lo seguimos y lo empujamos contra el cordón de la vereda. Hubo dificultades. Tiros.

Tony apretó con fuerza el teléfono. La evaporación del sudor le producía frío en las sienes.

—Sigue —dijo—. Porque supongo que hay más.

—Un poco. El tipo mató al jefe. Frito. Al… Al dijo que lo despidiera de ti.

Tony se apoyó bruscamente en el mostrador y exhaló un sonido inarticulado.

—¿Entendiste? —la voz metálica parecía impaciente, un poco aburrida—. El tipo llevaba un arma y la usó. Al ya no va poder telefonear a nadie.

Tony sacudió el teléfono y la base golpeó contra el mármol rosado. Tenía en la boca un nudo seco y duro.

—Eso es todo, amigo —dijo la voz—. Buenas noches.

Sonó un chasquido seco, como el de un pedazo de ladrillo tirado contra una pared.

Tony colgó el auricular con mucho cuidado, como para evitar que hiciera el menor ruido. Se observó la mano izquierda. La tenía agarrotada. Sacó un pañuelo, se frotó la palma con suavidad y se enderezó los dedos con la otra mano. Después se secó la frente. El empleado volvió a asomar la cabeza y lo miró con ojos brillantes.

—Tengo libre el viernes. ¿Por qué no me das ese número de teléfono?

Tony sonrió débilmente durante un minuto y cabeceó afirmando. Se guardó el pañuelo y palpó el bolsillo donde lo había metido. Se dio vuelta, se alejó del mostrador, cruzó el vestíbulo de la entrada, bajó los tres suaves escalones, se metió en la zona oscura del vestíbulo principal y cruzó una vez más el arco que daba entrada a la sala de radio. Se movía con cuidado, como un hombre que se desplaza en un cuarto donde hay una persona muy enferma. Llegó al sillón que había ocupado y se dejó caer centímetro a centímetro. La muchacha seguía durmiendo, inmóvil, con ese abandono que se da en ciertas mujeres y en todos los felinos. El vago murmullo de la radio ahogaba el sonido de su suave respiración.

Tony Reseck se arrellanó en el sillón, cerró las manos alrededor del diente de alce y entornó apaciblemente los ojos.