{"id":229,"date":"2012-02-18T01:10:10","date_gmt":"2012-02-18T01:10:10","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/\/?page_id=229"},"modified":"2013-04-18T18:24:14","modified_gmt":"2013-04-18T18:24:14","slug":"jose-guich-sttaford-indiana","status":"publish","type":"page","link":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/textos-de-discusion\/jose-guich-sttaford-indiana\/","title":{"rendered":"Jos\u00e9 G\u00fcich, \u00abSttaford Indiana\u00bb"},"content":{"rendered":"<p align=\"CENTER\">Jos\u00e9 G\u00fcich Rodr\u00edguez (1963)<\/p>\n<p align=\"CENTER\"><span style=\"font-size: medium;\"><strong>Stafford, Indiana<\/strong><\/span><\/p>\n<p align=\"RIGHT\"><span style=\"font-size: x-small;\">Del libro <em>A\u00f1o sab\u00e1tico<\/em> (2000)<\/span><\/p>\n<p align=\"RIGHT\"><span style=\"font-size: x-small;\">Edici\u00f3n para el club de lectura virtual<br \/>\n<em>En las nubes de la ficci\u00f3n<\/em>, Universidad del Pac\u00edfico,<br \/>\nfebrero de 2012<\/span><\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Las cr\u00f3nicas han transmitido a la posteridad la imagen de un hombre en permanente fuga. Testimonios audiovisuales perennizaron el rostro de expresi\u00f3n resignada que contempla su destino sin aspavientos. A trav\u00e9s de incontables episodios, la humanidad fue testigo de su persecuci\u00f3n a lo largo y ancho de un pa\u00eds situado en el hemisferio norte. Ese p\u00fablico, hambriento de emociones, era consciente de que las fuerzas policiales de m\u00e1s de cuarenta estados ten\u00edan a su disposici\u00f3n la fotograf\u00eda de aquel m\u00e9dico especializado en pediatr\u00eda, a quien acusaron de cometer un crimen vulgar que responde al nombre t\u00e9cnico de uxoricidio. Curiosamente, dicho vocablo nunca se ha utilizado en los diversos eslabones de la cadena. Jam\u00e1s fue proferido por un alguacil obeso o por alg\u00fan primitivo camionero con quienes el eterno fugitivo cruzara alguna vez su existencia.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Entre 1963 y 1967, ese hombre asumi\u00f3 cientos de identidades. El m\u00e9dico de Stafford escap\u00f3 del tren que lo conduc\u00eda a la silla el\u00e9ctrica en 1963. Fue un golpe de suerte, un gui\u00f1o de los dioses o un caso fortuito: ninguna variable anulaba a la otra. En noviembre de aquel a\u00f1o, el hombre respiraba en las proximidades de Dallas. El d\u00eda 22 se traslad\u00f3 a la ciudad, esperanzado en la posibilidad de localizar al manco que hab\u00eda visto huir de la escena del crimen. Si alguien revisara con detenimiento los hechos, descubrir\u00eda una laguna significativa. Es verdad que los mecanismos convencionales no dieron cuenta de lo que el m\u00e9dico hizo o pens\u00f3 durante las agobiantes horas del 22 de noviembre. Para protagonizar las peripecias de aquel tr\u00e1nsito texano, eligi\u00f3 un nombre corto, com\u00fan, impermeable a cualquier situaci\u00f3n azarosa. Las primeras horas del d\u00eda lo sorprender\u00edan en plena culminaci\u00f3n de un coito. Frente al consenso mitificador <span style=\"font-family: 'Times New Roman', serif;\">\u2014<\/span>abstinencia sexual del pediatra sostenida por versiones oficiales<span style=\"font-family: 'Times New Roman', serif;\">\u2014<\/span>, el hombre de Indiana ejerc\u00eda sus funciones biol\u00f3gicas sin el menor prurito. Subestimaba la percepci\u00f3n de aquellas mujeres que usaban vestidos diminutos, zapatos de tac\u00f3n y maquillaje recargado, pues estaba plenamente convencido de que ninguna de esas compa\u00f1\u00edas eventuales era capaz de identificarlo. Esta es la primera de una serie de desmitificaciones. A las siete de la ma\u00f1ana, Jim Brown abandon\u00f3 la habitaci\u00f3n del hotelucho para dirigirse, raudo, al dep\u00f3sito de chatarra donde se ofrec\u00edan vacantes. No planeaba quedarse mucho tiempo en la ciudad: la visita del Presidente <span style=\"font-family: 'Times New Roman', serif;\">\u2014<\/span>con la que Brown no contaba<span style=\"font-family: 'Times New Roman', serif;\">\u2014<\/span> congregar\u00eda a una legi\u00f3n de agentes de la ley y el orden, sus enemigos naturales.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">El administrador del dep\u00f3sito no formul\u00f3 preguntas engorrosas. Para esa clase de empleos, no necesitaba referencias o recomendaciones. Bastaba llenar una hoja de datos personales y mostrar, fehacientemente, la mejor disposici\u00f3n laboral. La jornada de Brown se inici\u00f3 de inmediato. Le ordenaron despejar una zona del patio principal, pues a las once llegar\u00eda un lote de objetos nada despreciable. Efectu\u00f3 la tarea con sumo cuidado. Era importante ganarse la confianza del patr\u00f3n, puesto que no sab\u00eda exactamente cu\u00e1ntos d\u00edas permanecer\u00eda en Dallas. Alentado por el hecho de que se trataba de una visita presidencial muy breve <span style=\"font-family: 'Times New Roman', serif;\">\u2014<\/span>propia de la campa\u00f1a electoral<span style=\"font-family: 'Times New Roman', serif;\">\u2014<\/span>, y que ello implicaba el retiro de polic\u00edas y agentes federales, Jim Brown dedic\u00f3 toda su atenci\u00f3n al trabajo. Colabor\u00f3 en la recepci\u00f3n del material; fraterniz\u00f3 discretamente con los otros empleados a la hora del refrigerio y contin\u00fao sus trajines hasta las cinco de la tarde, hora de salida. Se encontraba en el vestidor, guardando el overol y los guantes, cuando le dieron la noticia: el Presidente hab\u00eda muerto, asesinado por un tal Oswald. Al abandonar el recinto, tropez\u00f3 con miradas extraviadas; con s\u00edntomas de incredulidad; con un grupo de hombres alrededor de un min\u00fasculo radiorreceptor; con una tribu narcotizada por esa cat\u00e1strofe genuinamente norteamericana.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Ahora se llama Bill Graham y labora como cantinero en un bar de Greenwich Village. Pocas personas hablan hoy del magnicidio acaecido hace cuatro meses. Nueva York es un magn\u00edfico refugio para alguien como \u00e9l. Ha trabado amistad con personajes singulares que leen a Sartre, Kerouac y Miller; que escuchan a Dylan, a Bird; que fuman marihuana o inhalan coca\u00edna. A veces, Graham debe limpiar v\u00f3mitos y excrementos con que esos iracundos j\u00f3venes expresan su odio al <em>establishment.<\/em> Un ba\u00f1o del Village puede transformarse en verdadera trampa si el parroquiano no mira d\u00f3nde posa sus pies. Sobre eso, Graham sabe demasiado. En ciertas ocasiones, alg\u00fan hombre sin brazo hace su aparici\u00f3n en el escenario de la vida cotidiana. Falsa alarma, como en Dallas, Athens o en mil pueblos innombrables porque es imposible incorporarlos a la memoria.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Cuando el fr\u00edo golpea con mayor violencia y la vejiga comienza a dilatarse peligrosamente, Graham debe abandonar su puesto en la barra y caminar, con ligereza, hacia el min\u00fasculo ba\u00f1o de servicio. Son lapsos de respiro, de distanciamiento y balance personal. Como encargado, tambi\u00e9n es su responsabilidad expulsar a los clientes anarquistas que, cegados por el alcohol u otras sustancias, manifiestan la intenci\u00f3n de miccionar sobre los instrumentos de alg\u00fan tr\u00edo de jazz. Maniobras mec\u00e1nicas, forcejeos implacables que no diferencian rostros conocidos o for\u00e1neos. Por otro lado, Graham ha sabido granjearse el respeto de los contertulios, quienes no le guardan resentimiento alguno despu\u00e9s de las refriegas o las proscripciones aparatosas. Todo cantinero es depositario de digresiones, mon\u00f3logos y confesiones efectuadas bajo la influencia del t\u00edo Daniels. Pero la tranquilidad no se prolonga en el universo de un fugitivo. La ansiedad y la depresi\u00f3n son marcas insustituibles, estigmas frente a los cuales el concepto de paliativo deviene absurdo.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Bill Graham suele creer que el siniestro manco de Stafford es un hito inalcanzable, un arquetipo de cuanto temor at\u00e1vico arrastra el hombre desde la oscura caverna hasta la ciudad pestilente. A todo esto debe sumarse un agente desestabilizador: el teniente de polic\u00eda obesionado con su captura; el terrible celador que lo trasladaba rumbo a la silla el\u00e9ctrica la noche del accidente ferroviario. Tanto el teniente como el hombre llamado Graham experimentan dos actualizaciones de la angustia. El primero es perseguidor, el segundo, perseguido. El bar, el Village y Nueva York constituyen hoy el remanso, una tregua; ma\u00f1ana significar\u00e1n lo contrario, el infierno en la tierra, el lazo en el cuello.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Otra ciudad, otro autob\u00fas de la compa\u00f1\u00eda Greyhound que deposita al fugitivo en la estaci\u00f3n terminal. Nueva identidad y empleo de supervivencia. Es 1965, y ese hombre que hoy se hace llamar Phil Morris pasar\u00e1 los meses m\u00e1s duros del invierno septentrional en la costa Oeste <span style=\"font-family: 'Times New Roman', serif;\">\u2014<\/span>regi\u00f3n que no le es desconocida<span style=\"font-family: 'Times New Roman', serif;\">\u2014<\/span>. Posiblemente acceda a un cupo en alguna embarcaci\u00f3n pesquera o en una f\u00e1brica de conservas. Cuarenta o cincuenta d\u00f3lares a la semana es suficiente ingreso para solventar gastos de alimentaci\u00f3n y alojamiento. A veinticuatro meses de la fuga, el aspecto del fugitivo ha variado ostensiblemente. La falaz l\u00f3gica dictaba que Morris ti\u00f1era su cabello de negro. \u00bfPor qu\u00e9 no recurrir a una barba frondosa y a unos anteojos que le permitieran proyectar una imagen menos susceptible de identificaci\u00f3n? El acosado pediatra de Stafford ha transgredido una ley ficcional. S\u00f3lo as\u00ed se explica la sorprendente aparici\u00f3n tanto de vellosidad como de gafas sobre las angulosas facciones. Se trata de una metamorfosis estrat\u00e9gica. El fantasma del teniente de polic\u00eda es a\u00fan su nefasta espada de Damocles, pero ha logrado conjurarlo no sin ciertos riesgos. Despu\u00e9s de dos a\u00f1os, ha descubierto que, adem\u00e1s de adoptar nombres falsos u oscurecer su cabello, es preciso construir una realidad alternativa. En virtud de semejante exigencia, Morris encarna a un trampero de Dakota del Norte a quien conociera durante una breve estancia en aquellos solitarios parajes.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">La llegada de otro forastero a esta peque\u00f1a localidad dista de constituir novedad. Es normal que visitantes silenciosos busquen ocupaciones que les garanticen el sustento en temporadas poco propicias. En esa legi\u00f3n de n\u00f3madas se cobija Morris, hombre de pocas palabras y sonrisa enigm\u00e1tica <span style=\"font-family: 'Times New Roman', serif;\">\u2014<\/span>seg\u00fan afirmaciones de Mr. Mulligan, patr\u00f3n y due\u00f1o de la lancha Clotilde, especializada en la captura de \u201ccualquier cosa con aletas\u201d<span style=\"font-family: 'Times New Roman', serif;\">\u2014<\/span>. En escasos d\u00edas, Phil ya es parte del paisaje. Aparece todas las ma\u00f1anas en el embarcadero y lleva a cabo los preparativos del caso. Mulligan tiene la impresi\u00f3n de haber visto antes a su nuevo ayudante, pero no sabr\u00eda determinar cu\u00e1ndo o d\u00f3nde. De todos modos, Morris le inspira confianza, aunque no excesiva. Siempre ha mantenido la prudente pol\u00edtica de no intimar con su personal. Mrs. Mulligan, su esposa, opina de modo diferente. Ella exterioriza sano inter\u00e9s por aquel empleado. Incluso, le ha sugerido al viejo Mulligan que lo invite a cenar alguna noche.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Transcurren varias semanas antes de que el patr\u00f3n decida transmitirle a Morris una invitaci\u00f3n formal. Durante la cena y con esa franqueza propia de la gente sencilla, de escasas pretensiones, Mrs. Mulligan le endilga al empleado una observaci\u00f3n anodina : \u201cUsted no tiene el aspecto de un trabajador eventual, Mr. Morris. Sus modales y su manera de hablar son muy distintos\u201d. Debajo de la mesa, la punta del zapato de Mr. Mulligan roza levemente la rodilla de su mujer: como de costumbre, habla m\u00e1s de la cuenta. Sin embargo, Morris no se inquieta. Las inquisiciones no lo perturban. Sabe qu\u00e9 actitud est\u00e1 constre\u00f1ido a asumir en situaciones como aqu\u00e9lla. He ah\u00ed que da rienda suelta a su necesidad de supervivencia. El matrimonio Mulligan oye, embelesado, los relatos acerca de ciudades, condados, pueblos y aldehuelas donde ha vivido y trabajado. La mayor\u00eda de esas poblaciones solo habita en la imaginaci\u00f3n de Morris, pero el tiempo y las reiteraciones obran efectos insospechados. Un fugitivo vive sujeto a la invenci\u00f3n de recuerdos; mejor a\u00fan, a apropiarse de memorias que no le pertenecen. Despu\u00e9s de tantos d\u00edas y noches a la deriva en las que ha recorrido el territorio de la Uni\u00f3n, es poco lo que queda del hombre nacido en Stafford, Indiana. Hoy, Phil Morris es el conglomerado de cientos, quiz\u00e1 miles de personalidades diferentes.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Abandona la casa de los Mulligan a las once de la noche. En su alojamiento lo espera la peque\u00f1a maleta. Nadie ve partir a Phil Morris. A las cinco de la ma\u00f1ana, el repartidor de diarios descubre que algo muy extra\u00f1o ha acontecido en el hogar de uno de los matrimonios m\u00e1s respetables del condado.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">En la vida de un fugitivo se intercalan sucesos de diversa polaridad. Hace aproximadamente cinco meses que John Ford es prototipo del vagabundo. Los empleos menores escasean; los inmigrantes mexicanos arrasan con las colocaciones de esa naturaleza. Por ello, el hombre que se hace llamar Ford ha incubado un profundo odio hacia todo individuo surgido de la orilla opuesta. Dicha aversi\u00f3n es comprensible, dadas las circunstancias.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Sentado entre desperdicios, John Ford s\u00f3lo tiene como consuelo la aniquilaci\u00f3n del teniente de polic\u00eda. Recuerda la salvaje pelea en el granero de la familia de negros que lo acogi\u00f3. A\u00fan lo invade la sensaci\u00f3n de gozo, de libertad absoluta; a\u00fan huele la sangre de su oponente que se esparce sobre el suelo; contempla la expresi\u00f3n absorta de su perseguidor, a quien acaba de atravesar \u00f3rganos vitales con un instrumento de labranza. Nueva alteraci\u00f3n de rumbos; decisivo rechazo a los patrones de conducta, a la heroicidad y nobleza que esperan los observadores.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">A pesar de las duras condiciones, Ford saborea el triunfo. Bajo ese puente de maderas carcomidas, hostigado por el fr\u00edo, \u00e9l hace esfuerzos denodados por recordar su verdadero nombre y las causas que lo han impelido a realizar esa carrera desbocada hacia ninguna parte. A la distancia, el silbato de un tren parece completar aquel ciclo asombroso de marchas y contramarchas; de salidas intempestivas; de mujeres que gritan a todo pulm\u00f3n sus orgasmos mientras los muelles del camastro amenazan volar a todas las direcciones del planeta.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Durante los tres a\u00f1os que se prolonga el viaje, Ford nunca ha ejercido la medicina. Otro de los grandes mitos se derrumba estruendosamente. El \u00fanico cuerpo que Ford anhela salvar es el propio. Eso explica la g\u00e9lida indiferencia del hombre de Indiana respecto al dolor y miseria ajenos. En sus manos estuvo, por ejemplo, brindar los primeros auxilios a un muchacho atropellado en la interestatal Florida-Louisiana. John Ford obvi\u00f3, en actitud ol\u00edmpica, las convulsiones del herido y los alaridos de p\u00e1nico proferidos por la madre.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Tampoco socorri\u00f3 a los ancianos que hab\u00edan rodado por una cuesta sumamente escarpada, en alg\u00fan lugar de Wyoming. Los gemidos de ese par de viejos lo acompa\u00f1aron varios kil\u00f3metros, trasladados por el poderoso viento del noroeste. De todo lo referido, se infiere que el fugitivo ha desarrollado inusitadas facultades de hostilidad hacia la raza humana. El extra\u00f1o viaje le procura sentimientos renovadores. Las f\u00f3rmulas ocultan significados pueriles. El juramento hipocr\u00e1tico se reduce a un paup\u00e9rrimo conjunto de palabras que carecen de valor. Para Ford, esos vocablos pertenecen a otro planeta, a una galaxia distante. Padece, es cierto, las consecuencias de una vida a la intemperie, en la mendicidad y bajo el riesgo de una destrucci\u00f3n inexorable. Sin embargo, es un victorioso opositor de nociones tan vagas como piedad y compasi\u00f3n, artificios inventados por quienes se niegan a aceptar los verdaderos fastos de la especie.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">A esas conclusiones llega el sujeto llamado John Ford, en esta noche de un mes cualquiera que el calendario afiliar\u00eda al a\u00f1o 1966 d.C. o a 1926 o a 1876, porque alrededor de este fugitivo de la justicia no aparecen las marcas de pertenencia a un tiempo espec\u00edfico.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Seg\u00fan las cronolog\u00edas y otras fuentes complementarias, mis peripecias culminar\u00e1n en 1967. Han transcurrido cuarenta y ocho meses desde aquella fuga nocturna; cuarenta, desde que enferm\u00e9 de pulmon\u00eda en un albergue de Detroit; treinta y cuatro, desde que ol\u00ed mis excrementos en un retrete p\u00fablico de Mobile; veinticinco, desde la tarde en que descubr\u00ed un feto putrefacto en un vag\u00f3n de carga; veintid\u00f3s, desde que acarici\u00e9 y lam\u00ed, con minuciosidad fisiol\u00f3gica, el sexo de una mesera hambrienta de afecto; dieciocho, desde que un mexicano llamado Jos\u00e9 Trigo y yo nos liamos a golpes en los suburbios de San Antonio&#8230; Y nada menos que siete meses desde que encontr\u00e9, finalmente, al hombre manco que mi imaginaci\u00f3n cre\u00f3 y molde\u00f3 con eficacia imprevisible. Y su nombre es el \u00faltimo que incorporo a mi colecci\u00f3n particular, a mi fatigoso inventario de personalidades. Hoy, me llamo Fred Johnson, que a esta hora se pudre en el basural de Seattle donde arroj\u00e9 su cuerpo. El manco era portero de un club para homosexuales. Nunca estuvo en Stafford. Puedo jurarlo: no hubo un hombre sin brazo que hu\u00eda de la escena del crimen cuando yo retornaba a mi hogar despu\u00e9s de una trifulca con Helen. A este misterioso personaje lo engendr\u00e9 yo. Muchos creyeron en mi historia; otros, como Gerard, no me dieron cr\u00e9dito.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Mat\u00e9 al teniente en un leg\u00edtimo acto de defensa; a Mulligan, porque me reconoci\u00f3. Tambi\u00e9n suprim\u00ed a la c\u00e1ndida mujer que era su esposa. En cuanto a Johnson, supe que encarnaba mi invenci\u00f3n apenas lo vi en esa solitaria esquina de Seattle. Mi fren\u00e9tica carrera de estos a\u00f1os se desvanece con la muerte del manco, cuyo nombre le\u00ed en la credencial de veterano que el pobre diablo guardaba en su billetera.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Esta historia no derivar\u00e1 hacia escenas previsibles o lugares comunes de los que tanto disfrutan las personas corrientes. He decidido que el fugitivo huya para siempre; no habr\u00e1 un juicio final, una revisi\u00f3n del caso, un hombre inocente que se reconcilia con la sociedad que lo persigue. He borrado a la mujer redentora que me acompa\u00f1a al abandonar la Corte, mientras la voz en <em>off<\/em> dice: \u201cEs un hombre libre\u201d.<\/p>\n<p align=\"JUSTIFY\">Y he alterado el plan porque, sencillamente, soy el pediatra de Indiana detenido por la polic\u00eda de Stafford. Me rebelo ante los finales moralistas y aleccionadores. Instauro carriles diferentes y dilato mi traves\u00eda hasta los confines m\u00e1s alejados del orbe. Yo, Fred Johnson, reclamo mi derecho; yo, que acabo de recordar mi nombre primigenio: Richard Kimble; yo, que asesin\u00e9 a mi esposa durante una velada irrepetible, acontecida hace ya tantos segundos, minutos, horas, d\u00edas, semanas, meses, a\u00f1os, siglos; yo, que tengo al cielo y al infierno en cualquier modesto cruce de caminos.<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\" align=\"JUSTIFY\">* * *<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\" align=\"JUSTIFY\">Descarga en PDF: <a href=\"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/\/wp-content\/uploads\/2012\/02\/Guich-Sttaford-Indiana.pdf\">Jos\u00e9 G\u00fcich, \u00abSttaford Indiana\u00bb<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jos\u00e9 G\u00fcich Rodr\u00edguez (1963) Stafford, Indiana Del libro A\u00f1o sab\u00e1tico (2000) Edici\u00f3n para el club de lectura virtual En las nubes de la ficci\u00f3n, Universidad del Pac\u00edfico, febrero de 2012 Las cr\u00f3nicas han transmitido a la posteridad la imagen de &hellip; <a href=\"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/textos-de-discusion\/jose-guich-sttaford-indiana\/\">Sigue leyendo <span class=\"meta-nav\">&rarr;<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":0,"parent":9,"menu_order":32,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","template":"","meta":{"footnotes":""},"class_list":["post-229","page","type-page","status-publish","hentry"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/229","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/pages"}],"about":[{"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/types\/page"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=229"}],"version-history":[{"count":4,"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/229\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":798,"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/229\/revisions\/798"}],"up":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/9"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=229"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}