{"id":1768,"date":"2015-04-23T19:28:32","date_gmt":"2015-04-24T00:28:32","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/\/?page_id=1768"},"modified":"2015-04-23T19:30:51","modified_gmt":"2015-04-24T00:30:51","slug":"marguerite-yourcenar-cuento-azul","status":"publish","type":"page","link":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/textos-de-discusion\/marguerite-yourcenar-cuento-azul\/","title":{"rendered":"Marguerite Yourcenar, \u201cCuento azul\u201d"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Marguerite Yourcenar (1903-1987)<\/span><\/p>\n<h2 align=\"center\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Cuento azul<\/span><\/span><\/h2>\n<h5 style=\"padding-left: 210px;\" align=\"right\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Edici\u00f3n para el taller de lectura virtual <i>En las nubes de la ficci\u00f3n.\u00a0<\/i><\/span><\/span><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Universidad del Pac\u00edfico, abril de 2015<\/span><\/h5>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Los mercaderes procedentes de Europa estaban sentados en el puente, de cara a la mar azul, en la sombra color \u00edndigo de las velas remendadas de retazos grises. El sol cambiaba constantemente de lugar entre los cordajes y, con el balanceo del barco, parec\u00eda estar saltando como una pelota que rebotara por encima de una red de mallas muy abiertas. El nav\u00edo ten\u00eda que virar continuamente para evitar los escollos; el piloto, atento a la maniobra, se acariciaba el ment\u00f3n azulado.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Al crep\u00fasculo, los mercaderes desembarcaron en una orilla embaldosada de m\u00e1rmol blanco; vetas azuladas surcaban la superficie de las grandes losas que anta\u00f1o fueran revestimiento de templos. La sombra que cada uno de los mercaderes arrastraba tras de s\u00ed por la calzada, al caminar en el sentido del ocaso, era m\u00e1s alargada, m\u00e1s estrecha y no tan oscura como en pleno mediod\u00eda; su tonalidad, de un azul muy p\u00e1lido, recordaba a la de las ojeras que se extienden por debajo de los p\u00e1rpados de una enferma. En las blancas c\u00fapulas de las mezquitas espejeaban inscripciones azules, cual tatuajes en un seno delicado; de vez en cuando, una turquesa se desprend\u00eda por su propio peso del artesonado y ca\u00eda con un ruido sordo sobre las alfombras de un azul muelle y descolorido.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Se levant\u00f3 la luna y emprendi\u00f3 una danza err\u00e1tica, como un esp\u00edritu endiablado, entre las tumbas c\u00f3nicas del cementerio. El cielo era azul, semejante a la cola de escamas de una sirena, y el mercader griego encontraba en las monta\u00f1as desnudas que bordeaban el horizonte un parecido con las grupas azules y rasas de los centauros.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Todas las estrellas concentraban su fulgor en el interior del palacio de las mujeres. Los mercaderes penetraron en el patio de honor para resguardarse del viento y del mar, pero las mujeres, asustadas, se negaban a recibirlos y ellos se desollaron en vano las manos a fuerza de llamar a las puertas de acero, relucientes como la hoja de un sable.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Tan intenso era el fr\u00edo, que el mercader holand\u00e9s perdi\u00f3 los cinco dedos de su pie izquierdo; al mercader italiano le amput\u00f3 los dedos de la mano derecha una tortuga que \u00e9l hab\u00eda tomado, en la oscuridad, por un simple cabuj\u00f3n de lapisl\u00e1zuli. Por fin, un negrazo sali\u00f3 del palacio llorando y les explic\u00f3 que, noche tras noche, las damas rechazaban su amor por no tener la piel suficientemente oscura. El mercader griego supo congraciarse con el negro merced al regalo de un talism\u00e1n hecho de sangre seca y de tierra de cementerio, as\u00ed es que el nubio los introdujo en una gran sala color ultramar y recomend\u00f3 a las mujeres que no hablaran demasiado alto para que no despertaran los camellos en su establo y no se alterasen las serpientes que chupan la leche del claro de luna.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Los mercaderes abrieron sus cofres ante los ojos \u00e1vidos de las esclavas, en medio de olorosos humos azules, pero ninguna de las damas respondi\u00f3 a sus preguntas y las princesas no aceptaron sus regalos. En una sala revestida de dorados, una china ataviada con un traje anaranjado los tach\u00f3 de impostores, pues las sortijas que le ofrec\u00edan se volv\u00edan invisibles al contacto de su piel amarilla. Ninguno advirti\u00f3 la presencia de una mujer vestida de negro, sentada en el fondo de un corredor, y como le pisaran sin darse cuenta los pliegues de su falda, ella los maldijo invocando al cielo azul en la lengua de los t\u00e1rtaros, invocando al sol en la lengua turca, e invocando la arena en la lengua del desierto. En una sala tapizada de telas de ara\u00f1a, los mercaderes no obtuvieron respuesta de otra mujer, vestida de gris, que sin cesar se palpaba para estar segura de que exist\u00eda; en la siguiente sala, color grana, los mercaderes huyeron a la vista de una mujer vestida de rojo que se desangraba por una ancha herida abierta en el pecho, aunque ella parec\u00eda no darse cuenta, ya que su vestido no estaba ni siquiera manchado.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Pudieron al cabo refugiarse en el ala donde estaban las cocinas y all\u00ed deliberaron acerca del mejor medio para llegar hasta la caverna de los zafiros. Constantemente los molestaba el traj\u00edn de los aguadores, y un perro sarnoso fue a lamer el mu\u00f1\u00f3n azul del mercader italiano, el que hab\u00eda perdido los dedos. Al fin, vieron aparecer por la escalera de la bodega a una joven esclava que llevaba hielo granizado en un ataifor de cristal turbio; lo deposit\u00f3 sin mirar d\u00f3nde, sobre una columna de aire, para dejarse las manos libres y poder saludar, levant\u00e1ndolas hasta la frente, donde llevaba tatuada la estrella de los magos. Sus cabellos azul-negros flu\u00edan desde las sienes hasta los hombros; sus ojos claros miraban el mundo a trav\u00e9s de dos l\u00e1grimas; y su boca no era sino una herida azul. Su vestido color lavanda, de fina tela deste\u00f1ida por hartos lavados, estaba desgarrado en las rodillas, pues la joven ten\u00eda por costumbre prosternarse para rezar y lo hac\u00eda constantemente.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Poco importaba que no comprendiera la lengua de los mercaderes, pues era sordomuda; as\u00ed, se limit\u00f3 a asentir gravemente con la cabeza cuando ellos inquirieron c\u00f3mo ir hasta el tesoro mostr\u00e1ndole en un espejo sus ojos color de gema y se\u00f1alando luego la huella de sus pasos en el polvo del corredor. El mercader griego le ofreci\u00f3 sus talismanes: la ni\u00f1a los rechaz\u00f3 como lo hubiera hecho una mujer dichosa, pero con la sonrisa amarga de una mujer desesperada; el mercader holand\u00e9s le tendi\u00f3 un saco lleno de joyas, pero ella hizo una reverencia desplegando con las manos el pobre vestido todo roto, y no les fue posible adivinar si es que se juzgaba demasiado indigente o demasiado rica para tales esplendores.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Luego, con una brizna de hierba levant\u00f3 el picaporte de la puerta y se encontraron en un patio redondo como el interior de un pozal, lleno hasta los bordes de la fr\u00eda luz matinal. La joven se sirvi\u00f3 de su dedo me\u00f1ique para abrir la segunda puerta que daba a la llanura y, uno tras otro, se encaminaron hacia el interior de la isla por un camino bordeado de matas de aloe. Las sombras de los mercaderes iban pegadas a sus talones, cual siete v\u00edboras peque\u00f1as y negras, en tanto que la muchacha estaba desprovista de toda sombra, lo que les dio que pensar si no ser\u00eda un fantasma.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Las colinas, azules a distancia, se volv\u00edan negras, pardas o grises a medida que se aproximaban; sin embargo, el mercader de la Turena no perd\u00eda el valor y para darse \u00e1nimos cantaba canciones de su tierra francesa. El mercader castellano recibi\u00f3 por dos veces la picadura de un escorpi\u00f3n y sus piernas se hincharon hasta las rodillas y cobraron un color de berenjena madura, pero no parec\u00eda sentir dolor alguno e incluso caminaba con el paso m\u00e1s seguro y m\u00e1s solemne que los otros, como si estuviera sostenido por dos gruesos pilares de basalto azul. El mercader irland\u00e9s lloraba viendo c\u00f3mo gotas de sangre p\u00e1lida perlaban los talones de la muchacha, que andaba descalza sobre cascos de porcelana y de vidrios rotos.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Cuando llegaron al sitio, tuvieron que arrastrarse de rodillas para entrar a la caverna, que no abr\u00eda al mundo m\u00e1s que una boca angosta y agrietada. La gruta era, sin embargo, m\u00e1s espaciosa de lo que hubiera podido esperarse y, as\u00ed que sus ojos hubieron hecho buenas migas con las tinieblas, descubrieron por doquier fragmentos de cielo entre las fisuras de la roca. Un lago muy puro ocupaba el centro del subterr\u00e1neo, y cuando el mercader italiano lanz\u00f3 una guija para calcular la profundidad, no se la oy\u00f3 caer, pero se formaron pompas en la superficie, como si una sirena bruscamente desesperada hubiera expelido todo el aire que llenaba sus pulmones. El mercader griego empap\u00f3 sus manos \u00e1vidas en aquella agua y las sac\u00f3 te\u00f1idas hasta las mu\u00f1ecas, como si se tratara de la tina hirviendo de una tintorera; mas no logr\u00f3 apoderarse de los zafiros que bogaban, cual flotillas de nautilos, por aquellas aguas m\u00e1s densas que las de los mares. Entonces, la joven deshizo sus largas trenzas y sumergi\u00f3 los cabellos en el lago: los zafiros se prendieron en ellos como en las mallas sedosas de una oscura red. Llam\u00f3 primero al mercader holand\u00e9s, que se meti\u00f3 las piedras preciosas en las calzas; luego, al mercader franc\u00e9s, que se llen\u00f3 el chapeo de zafiros; el mercader griego atiborr\u00f3 un odre que llevaba al mercader castellano, arranc\u00e1ndose los sudados guantes de cuero, los llen\u00f3 y se los puso colgados al cuello, de tal suerte que parec\u00eda llevar dos manos cortadas. Cuando le lleg\u00f3 el turno al mercader irland\u00e9s, ya no quedaban zafiros en el lago; la joven esclava se quit\u00f3 un colgante de abalorios que llevaba y por se\u00f1as le orden\u00f3 que se lo pusiera sobre el coraz\u00f3n.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Salieron arrastr\u00e1ndose de la caverna y la muchacha pidi\u00f3 al mercader irland\u00e9s que la ayudara a rodar una gruesa piedra para cerrar la entrada. Luego, coloc\u00f3 un precinto confeccionado con un poco de arcilla y una hebra de sus cabellos.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">El camino se les hizo m\u00e1s largo que a la ida por la ma\u00f1ana. El mercader castellano, que empezaba a sufrir a causa de sus piernas emponzo\u00f1adas, se tambaleaba y blasfemaba invocando el nombre de la madre de Dios. El mercader holand\u00e9s, que estaba hambriento, trat\u00f3 de arrancar las azules brevas maduras, de una higuera, pero un enjambre de abejas ocultas en la espesura almibarada lo picaron profundamente en la garganta y en las manos.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Llegados al pie de las murallas, el grupo dio un rodeo para evitar a los centinelas y se dirigieron sin hacer ruido hacia el puerto de los pescadores de sirenas, que estaba siempre desierto, pues hac\u00eda largo tiempo que no se pescaban ya sirenas en aquel pa\u00eds. La barca flotaba blandamente en el agua, amarrada al dedo de un pie de bronce, \u00fanico resto de una estatua colosal erigida anta\u00f1o en honor a un dios del que ya nadie recordaba el nombre. En el muelle, la esclava sordomuda hizo intenci\u00f3n de despedirse de los hombres, salud\u00e1ndolos con las manos puestas en el coraz\u00f3n; entonces, el mercader griego la tom\u00f3 por las mu\u00f1ecas y la arrastr\u00f3 hasta el barco, movido por el prop\u00f3sito de venderla al pr\u00edncipe veneciano del Negroponto, de quien se sab\u00eda que le gustaban las mujeres heridas o afectadas de alguna invalidez. La doncella se dej\u00f3 llevar sin oponer resistencia y sus l\u00e1grimas, al caer sobre las maderas del puente, se transformaban en bellas aguamarinas, as\u00ed es que sus verdugos se las ingeniaron para darle motivos que la hicieran llorar.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">La dejaron desnuda y la ataron al palo mayor; su cuerpo era tan blanco que serv\u00eda de fanal al barco en aquella noche clara navegando entre las islas. Cuando hubieron terminado su partida de palillos, los mercaderes bajaron a la cabina para echarse a dormir. Hacia el alba, el holand\u00e9s subi\u00f3 al puente aguijoneado por el deseo y se acerc\u00f3 a la prisionera, dispuesto a violentarla. Mas he aqu\u00ed que la ni\u00f1a hab\u00eda desaparecido: las ligaduras colgaban, vac\u00edas, del tronco negro del m\u00e1stil, como un cintur\u00f3n demasiado ancho, y en el lugar donde se hab\u00edan posado sus pies suaves y delgados no quedaba otra cosa que un mantoncito de hierbas arom\u00e1ticas que exhalaban un humillo azul.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">En los d\u00edas que siguieron rein\u00f3 una calma chicha, y los rayos del sol, que ca\u00edan a plomo sobre la lisa superficie color de algas, produc\u00edan un chirrido de hierro candente sumergido en agua fr\u00eda. Las piernas gangrenadas del mercader castellano se hab\u00edan puesto azules como las monta\u00f1as que se columbraban en el horizonte y purulentos regueros se deslizaban desde las tablas del puente hasta el mar. Cuando el sufrimiento se hizo intolerable, el hombre sac\u00f3 del cintur\u00f3n una ancha daga triangular y se cercen\u00f3 a la altura de los muslos las dos piernas envenenadas. Muri\u00f3 agotado al despuntar la aurora, despu\u00e9s de haber legado sus zafiros al mercader suizo, que era su enemigo mortal.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Al cabo de una semana recalaron en Esmirna y el mercader de Turena, que siempre hab\u00eda temido al mar, opt\u00f3 por desembarcar, con intenci\u00f3n de continuar su viaje a lomos de una buena mula. Un banquero armenio le cambi\u00f3 los zafiros por diez mil monedas con la efigie del Preste Juan. Eran piezas perfectamente redondas y el franc\u00e9s carg\u00f3 alegremente con ellas hasta trece mulos; pero, as\u00ed que lleg\u00f3 a Angers, tras siete a\u00f1os de viaje, se encontr\u00f3 con la sorpresa de que las monedas del monarca-preste no ten\u00edan curso en su pa\u00eds.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">En Ragusa, el mercader holand\u00e9s troc\u00f3 sus zafiros por una jarra de cerveza servida en el mismo muelle, pero tuvo que escupir aquel insulso l\u00edquido aventado que no ten\u00eda el mismo gusto que la cerveza de las tabernas de \u00c1msterdam. El mercader italiano desembarc\u00f3 en Venecia con el prop\u00f3sito de hacerse proclamar Dogo, mas pereci\u00f3 asesinado al d\u00eda siguiente de sus nupcias con la laguna. En cuanto al mercader griego, se le ocurri\u00f3 atar los zafiros a un cabo largo y suspenderlos en el costado de la barca, esperando que el contacto con las olas fuera ben\u00e9fico para su hermoso color azul. Al mojarse, las gemas se volvieron l\u00edquidas y apenas si a\u00f1adieron al tesoro del mar unas pocas gotas de agua transparente. El hombre se consol\u00f3 pescando peces y as\u00e1ndolos al rescoldo de la ceniza.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Un atardecer, al cabo de veintisiete d\u00edas de navegaci\u00f3n, el barco fue atacado por un corsario. El mercader de Basilea se trag\u00f3 sus zafiros para sustraerlos de la avaricia de los piratas y muri\u00f3 de atroces dolores de entra\u00f1as. El griego se ech\u00f3 al mar y fue recogido por un delf\u00edn, que lo condujo hasta Tinos. El irland\u00e9s, molido a golpes, fue dejado por muerto en la barca, entre los cad\u00e1veres y los sacos vac\u00edos; nadie se tom\u00f3 la molestia de quitarle el colgante de falsas piedras azules, que no ten\u00eda ning\u00fan valor. Treinta d\u00edas m\u00e1s tarde, la barca a la deriva entr\u00f3 por s\u00ed misma en el puerto de Dubl\u00edn y el irland\u00e9s ech\u00f3 pie a tierra para mendigar un pedazo de pan.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Estaba lloviendo. Los tejados oblicuos de las casas bajas suger\u00edan grandes espejos destinados a captar los espectros de la luz muerta. La calzada desigual se encharcaba m\u00e1s y m\u00e1s; el cielo, de un parduzco sucio, parec\u00eda tan cenagoso que ni los \u00e1ngeles se hubieran atrevido a salir de la casa de Dios; las calles estaban desiertas; el puesto de un mercero ambulante, que vend\u00eda calcetines de lana cruda y cordones para los zapatos, se ve\u00eda abandonado al borde de una acera debajo de un paraguas abierto. Los reyes y los obispos esculpidos en el p\u00f3rtico de la catedral no hac\u00edan nada para impedir que cayera la lluvia sobre sus coronas o sus mitras, y la Magdalena recib\u00eda el agua en sus senos desnudos.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">El mercader, todo desalentado, fue a sentarse bajo el p\u00f3rtico junto a una joven mendiga, tan pobre que su cuerpo, azulenco de fr\u00edo, se ve\u00eda a trav\u00e9s de los desgarrones de su vestido gris. Sus rodillas se entrechocaban ligeramente; sus dedos cubiertos de saba\u00f1ones apretaban un mendrugo de pan. El mercader le pidi\u00f3 por el amor de Dios que se lo diera, y ella se lo tendi\u00f3 en el acto. El mercader hubiera querido regalarle el colgante de abalorios azules, puesto que no ten\u00eda ninguna otra cosa que ofrecer; m\u00e1s en vano busc\u00f3 en sus bolsillos, alrededor de su cuello, entre las cuentas de su rosario. No hall\u00e1ndolo, se ech\u00f3 a llorar desconsolado: no pose\u00eda ya nada que pudiera recordarle el color del cielo y la tonalidad del mar en donde hab\u00eda estado a punto de perecer.<\/span><\/p>\n<p align=\"justify\"><span style=\"font-family: 'Bitstream Charter', serif;\">Suspir\u00f3 profundamente y, como el crep\u00fasculo y la fr\u00eda niebla se espesaban en derredor, la muchachita se apretuj\u00f3 contra \u00e9l para darle calor. El hombre le hizo preguntas acerca del pa\u00eds y ella le contest\u00f3 en el tosco dialecto del pueblo que dejara anta\u00f1o, siendo a\u00fan muy chico. Entonces, apart\u00f3 los cabellos desgre\u00f1ados que cubr\u00edan el rostro de la mendiga, pero tan sucio estaba que la lluvia iba trazando en \u00e9l regueritos blancos, y el mercader descubri\u00f3 horrorizado que la ni\u00f1a era ciega y que una siniestra nube velaba el ojo izquierdo. No dej\u00f3 por ello, sin embargo, de posar su cabeza en aquellas rodillas mal cubiertas de harapos y se durmi\u00f3 sosegado: el ojo derecho, que hab\u00eda visto privado de mirada, era milagrosamente azul.<\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Marguerite Yourcenar (1903-1987) Cuento azul Edici\u00f3n para el taller de lectura virtual En las nubes de la ficci\u00f3n.\u00a0Universidad del Pac\u00edfico, abril de 2015 &nbsp; Los mercaderes procedentes de Europa estaban sentados en el puente, de cara a la mar azul, &hellip; <a href=\"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/textos-de-discusion\/marguerite-yourcenar-cuento-azul\/\">Sigue leyendo <span class=\"meta-nav\">&rarr;<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":0,"parent":9,"menu_order":25,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","template":"","meta":{"footnotes":""},"class_list":["post-1768","page","type-page","status-publish","hentry"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/1768","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/pages"}],"about":[{"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/types\/page"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/users\/3"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1768"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/1768\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":1773,"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/1768\/revisions\/1773"}],"up":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/pages\/9"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/blogs.up.edu.pe\/nubes\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1768"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}