El simplismo de la pena de muerte

Cada cierto tiempo, ya sea por la ocurrencia de algún delito especialmente mediático, o por la cercanía de elecciones, se pone sobre el tablero el asunto de la pena de muerte. Generalmente son los mismos políticos ―conservadores― los que la reclaman y los mismos medios ―amarillistas― los que la publicitan. El último en mover este tema ha sido el pastor Lay, con motivo de su eventual postulación a la presidencia, y lo ha hecho apelando a los lugares comunes de nuestros congresistas: la Biblia, su opinión personal y ningún otro elemento de análisis mínimamente elaborado.
[Actualización] A través de Peru21 me entero de un grupo de congresistas que ha propuesto el día de ayer aplicar la pena de muerte para los delitos de corrupción. Es lamentable que esa sea la única idea que son capaces de generar nuestros políticos.

La referencia habla por sí sola: Idiocracy (2006). En caso no la hayan visto, se las recomiendo, es muy buena.

La referencia habla por sí sola: Idiocracy (2006). En caso no la hayan visto, se las recomiendo, es muy buena.

El tema con este tipo de asuntos, en los que las convicciones personales se mezclan con la legislación y el funcionamiento de la sociedad, es que deberíamos poder analizarlos a partir de estudios especializados, desde una perspectiva científica, de una postura mínimamente educada y profesional. La dureza de las sanciones penales es, en ese sentido, un asunto que entra principalmente en el ámbito del derecho, pero existe una gran cantidad de disciplinas que han aportado herramientas y conocimiento a la discusión más general de cómo lidiar con la delincuencia. Específicamente, cómo resolver los problemas que aparecen en un sistema donde conviven elementos con diferentes estrategias de funcionamiento. La teoría de juegos es un buen ejemplo de ello y partiré de ahí para desarrollar un poco este punto.

¿Cómo podemos empezar a entender este tema desde una perspectiva algo más elaborada? Imaginemos un sistema constituido por un bien común, a disposición de todos, y por elementos que siguen una única estrategia: consumirlo y procesarlo. En principio, si el procesamiento del bien común no genera mayores recursos que aquellos que consume, el sistema colapsará. Eso es lo que usualmente se conoce como “la tragedia de los (bienes) comunes“, término acuñado por George Hardin a partir del artículo del mismo nombre, publicado en Science, en 1968. Pero el sistema también podrá colapsar en la situación contraria, cuando los recursos generados sobrepasan a los consumidos. En estos casos, lo que ocurre es que aparece una segunda estrategia y esta puede ser adoptada por una fracción importante de la población. Esta segunda estrategia es la que se conoce como la del free-rider, aquel individuo que aprovecha los recursos del sistema, pero no aporta a este con su trabajo. En líneas generales, podemos ver a los delincuentes como free-riders: se aprovechan de los recursos generados por los demás ciudadanos ―quitándoselos―, sin realizar el aporte correspondiente a los recursos de la sociedad.

La mano invisible ataca de nuevo. [Imagen obtenida de: OneTusk.]

La mano invisible ataca de nuevo. [Imagen obtenida de: OneTusk.]

Para evitar la tragedia de los bienes comunes cuando la población de free-riders se expande, generalmente aparece una tercera estrategia: la del vigilante. Los vigilantes invierten parte de sus recursos ―individual o colectivamente― en supervisar el comportamiento de los demás elementos del sistema. El paradigma de vigilante financiado colectivamente es la Policía. Cuando los vigilantes capturan a un free-rider, ejercen una sanción sobre este, que en principio le aporta recursos al sistema. En nuestra sociedad, podríamos ver esto de dos formas: las reparaciones civiles, por un lado, pero sobretodo el beneficio de evitar que los delincuentes sigan aprovechándose de los recursos de la sociedad, al restringir su libertad. Los vigilantes sobreviven en el sistema siempre y cuando el beneficio de las sanciones sobrepase el costo de su inversión, sea como sea que se financie esta.

Hasta aquí tenemos un modelo bastante simplificado de cómo funciona la sociedad, pero con la suficiente robustez como para explorar gran cantidad de fenómenos y comportamientos. Por ejemplo, ¿cuál es la proporción de vigilantes que debería existir? ¿Cuánto debería invertirse en ellos, a partir de una cuantificación pre-establecida en los beneficios que resulta capturar free-riders? ¿Cómo reducimos los beneficios de la actividad del free-rider, para evitar que esta sea una estrategia demasiado popular? Y a partir de ahí, pueden explorarse varias cosas más, por ejemplo, ¿qué debería hacerse con aquellos elementos que presencian la actividad de un free-rider, sin participar de ella, y no lo denuncian? A estos individuos suele llamársele free-riders de segundo orden y, aunque parezcan inofensivos, a veces son los más perjudiciales. Deberíamos saberlo: la informalidad y la criollada que nos rodean son producto de esa parsimonia. De esa indiferencia cómplice con la estamos acostumbrados a dejar que quienes nos rodean se salten las normas. Por algo hemos acuñado esta lamentable frase que repetimos desde la infancia: “el que no es conchudo, muere cojudo“.

Por ejemplo. [Imagen obtenida de perufail.com.]

Por ejemplo. [Imagen obtenida de perufail.com.]

¿Por qué nuestros políticos no hablan de la seguridad ciudadana y las medidas para combatir la delincuencia en nuestra sociedad a partir de este tipo de figuras? Antes de proponer sanciones más duras “porque sí” ―la pena de muerte es el caso extremo―, ¿no cabría explorar otro tipo de alternativas? Pocas veces he escuchado que tengan eco los argumentos de especialistas que defienden que la educación, el deporte o cualquier otro recurso social son más efectivos para combatir la delincuencia que simplemente aumentar los años de cárcel de los sicarios o mandar fusilar a los violadores. Nuestra sociedad es un sistema enormemente complejo. Por lo mismo, los análisis no deberían limitarse a mover una o dos variables, sino a estudiar el comportamiento de todos los factores relevantes involucrados. De otro modo, no se está haciendo nada más que populismo, puro y duro.

Trastornos de ansiedad y teoría de juegos

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Es cosa de cada día toparse con otro humano que sufra —a veces sabiéndolo, pero mayormente sin saberlo— algún trastorno de ansiedad. Es más, muy probablemente uno mismo crea tener el denostado OCD, la inefable ansiedad social o alguna fobia random del tipo “odio los edredones a lo Roberta Allen“; como si acaso fuera posible no hacerlo. A veces, se tiende a explicar esta abundancia de rarezas a partir de la postmodernidad: los tiempos —dicen todos, con esa encantadora tautología— han cambiado. Sin embargo, ¿cuánto de involutiva y artificiosa resulta ser una ocurrencia tan masiva de estos trastornos en una población que, en líneas generales, debería entenderse como sana, saludable y normal?

Meacham y Bergstrom, en su artículo Adaptive behavior can produce maladaptive anxiety due to individual differences in experience exploran una interpretación alternativa a los trastornos de ansiedad, buscando responder a la anterior pregunta. Para ello construyen una serie de simulaciones alrededor de una población ficticia de zorros, conejos y tejones. Los zorros —plantean—, equivalen a las personas que se enfrentan, día a día, con las vicisitudes de su entorno. En este mundo simulado, el entorno se restringe a los conejos y tejones, que representan los estímulos externos, positivos y negativos respectivamente, para el zorro. Por un lado, los ruidosos conejos significarán presas fáciles de capturar, comer y digerir. Por otro lado, los silenciosos tejones significarán una agresiva sorpresa, que no solo dañarán al zorro, sino que además no le reportarán beneficio alimentario alguno. Tanto conejos como tejones viven en madrigueras indistinguibles y un zorro, en su vagabundeo cotidiano, se topará con estas madrigueras de forma aleatoria. En cada ocasión habrá de decidir si la excava, según el ruido que escuche en ella, con la consecuente posibilidad de capturar un conejo o ser agredido por un tejón, o si sigue su camino hasta toparse con otra. La estrategia óptima de un zorro será aquella que le permita arriesgarse lo suficiente como para capturar más conejos que tejones, sin exponerse demasiado a encontrar tantos de estos últimos que lo terminen matando.

—Todo cambia cuando introduces la domesticación: quienes te deben empezar a preocupar ahí pasan a ser los conejos.

—Todo cambia cuando introduces el factor domesticación.

¿Cómo se relaciona este mundo simulado de zorros, conejos y tejones, con los trastornos de ansiedad en los humanos? Resulta que la ansiedad puede entenderse como un exceso de precaución ante los estímulos externos, como si fuera un mecanismo de defensa exagerado que prevenga la interacción con aquellos estímulos potencialmente negativos. En palabras de Meacham y Bergstrom, “la ansiedad ha evolucionado como un mecanismo regulador del miedo“. Si bien, una absoluta desconexión con el miedo desencadenaría, en cualquiera, una inevitable y pronta muerte, un exceso de este prevendrá también una suficiente exposición a gran variedad de oportunidades, retos, posibilidades de aprendizaje y crecimiento. De esta forma, la estrategia óptima de funcionamiento de un humano requerirá también que este sea capaz de permitirse ciertos riesgos, cediendo también a la posibilidad de dejarse controlar por el miedo, de cuando en vez. En el caso de los zorros, esta estrategia puede simularse, a partir de la teoría de juegos, estableciendo una matriz de pagos y costos, referida a los resultados de que un zorro excave o no una madriguera, asociada a la respectiva distribución de probabilidades de que esta sea de un conejo o un tejón.

Lo sorprendente de los resultados que se encuentran en este trabajo es que la ocurrencia de los trastornos de ansiedad en una población sana es una consecuencia inevitable de que esta adopte la mejor estrategia de funcionamiento ante su entorno. En otras palabras, los trastornos de ansiedad no son solo la manifestación patológica de un cerebro mal cableado. Aparentemente, son sobretodo la inevitable respuesta estadística de un desafortunado grupo de individuos —estratégicamente— óptimos, que en un primer momento de su vida se encontraron con malas experiencias que reforzaron un comportamiento ansioso y anormalmente precavido. En las gráficas que se presentan a continuación se muestran las distribuciones poblacionales de zorros que adoptan estrategias pesimistas, porque asumen que su mundo no es muy agradable (extremo derecho de la abscisa), y optimistas, quienes asumen que su mundo es un lugar más simpático (extremo izquierdo de la abscisa), en dos tipos de mundo posible. La coloración de las columnas indican cuánto intentó cada individuo, durante la simulación, antes de decidir cómo asume el mundo. En otras palabras, la coloración indica cuánto se iba afectando cada zorro de acuerdo a las experiencias que iba adquiriendo: el azul es un indicador de que el zorro excavó muchas madrigueras hasta hacerse una idea clara de si su mundo era bueno o malo; el rojo, en cambio, es un indicador de que el zorro fue rápidamente afectado por las experiencias iniciales y solo excavó unas pocas madrigueras antes de hacer una idea sobre cómo era su mundo. En la Fig.1 se muestra el caso en el que los tejones abundan tanto como los conejos —i.e. un bad world—, mientras que en la Fig.2 se muestra el caso en el que los conejos son bastante más abundantes que los tejones —o good world—.

Fig. 1. Un bad world, es decir, un mundo donde hay tantos conejos como tejones. Se muestra la distribución poblacional en función a la cantidad de intentos (azul equivale a muchos, rojo a pocos) que hace un zorro antes de decidir si su mundo es malo (extremo derecho de la abscisa), o si es bueno (extremo izquierdo).

Fig. 1. Un bad world, es decir, un mundo donde hay tantos conejos como tejones. Se muestra la distribución poblacional en función a la cantidad de intentos (azul equivale a muchos, rojo a pocos) que hace un zorro antes de decidir si su mundo es malo (extremo derecho de la abscisa), o si es bueno (extremo izquierdo). [Imagen obtenida de aquí]


Fig. 2. Un good world, es decir, un mundo donde hay bastante más conejos que tejones. Se muestra la distribución poblacional en función a la cantidad de intentos (azul equivale a muchos, rojo a pocos) que hace un zorro antes de decidir si su mundo es malo (extremo derecho de la abscisa), o si es bueno (extremo izquierdo). Aquí resalta la aparición de "pesimistas", cuya interpretación de la realidad no corresponde con esta, en base a primeras y pocas malas experiencias.

Fig. 2. Un good world, es decir, un mundo donde hay bastante más conejos que tejones. Se muestra la distribución poblacional en función a la cantidad de intentos (azul equivale a muchos, rojo a pocos) que hace un zorro antes de decidir si su mundo es malo (extremo derecho de la abscisa), o si es bueno (extremo izquierdo). Aquí resalta la aparición de “pesimistas”, cuya interpretación de la realidad no corresponde con esta, en base a primeras y pocas malas experiencias. [Imagen obtenida de aquí]

Es entendible que en el bad world, la estrategia óptima arroje que prácticamente todos los individuos, más allá de cuánta suerte tuvieron en sus primeras experiencias, terminen siendo pesimistas, es decir, asuman que el mundo es efectivamente malo. Lo interesante está, sin embargo, en el segundo caso, el del good world. Uno asumiría que siendo este un mundo donde los conejos abundan por encima de los tejones, todos deberían concluir, tarde o temprano, que el mundo es efectivamente bueno y asumir una postura positiva sobre la vida. Sin embargo, lo que arrojan consistentemente las simulaciones es que siempre aparecerá un grupo pequeño en la población que basará su interpretación en pocas malas experiencias iniciales, estadísticamente infrecuentes pero significativas. Y este pequeño grupo, sin necesidad de tener una estrategia deficiente o patológica para enfrentarse al mundo, desarrollará un comportamiento anormal, entendido como un trastorno de ansiedad. Los autores recogen esta idea como la fortaleza de su modelo, pues este no se basa en suponer una población con una estrategia defectuosa de interacción con el mundo, que lo podríamos asumir como una desviación de un proceso evolutivo adecuado. Más bien, lo que concluyen es que inclusive la población que tenga la mejor estrategia de interacción con el mundo tendrá, entre sus miembros, un grupo —pequeño— que desarrollará un comportamiento distinto y sintomático, que creerá que “hay más tejones que conejos“, aunque la realidad les demuestre lo contrario.

Los resultados de este trabajo dejan mucho para pensar y discutir. ¿Cuánto de esto se manifiesta a nuestro alrededor, no solo en los trastornos de ansiedad, sino también en las creencias populares basadas en muestreos estadísticos pobres y deficientes? Es relativamente común —y aquí se presenta la evidencia cuantitativa que demuestra por qué— que unas primeras malas experiencias nos condicionen en nuestro comportamiento y nos hagan asumir que somos peores de lo que realmente somos. Modelos educativos como el nuestro, donde se castiga tan severamente el error —y lo etiqueta de fracaso—, tienden a subestimular a los alumnos y destruir sus impulsos creativos, su capacidad de tomar y asumir riesgos. Quizás, el problema no habría de ser corregido a punta de segregar, medicar y catalogar a los niños que aparentan tener trastornos de ansiedad, sino favorecer un entorno que evite los condicionamientos prematuros.

—So I loose my head or I bang it up against the wall—

—So I loose my head or I bang it up against the wall—