La pena de muerte, desde una perspectiva sistémica

Juicio final

La vez pasada escribí este post sobre cómo la delincuencia puede verse desde la perspectiva de la “tragedia de los (bienes) comunes”, tema originado a partir de las recurrentes propuestas de nuestros políticos de que se instaure la pena de muerte en nuestro país. En ese sentido, resultaba algo lejana la conexión entre el modelo y la realidad, así que decidí reformular la idea, desde otro enfoque. La tragedia de los (bienes) comunes, aplicada al tema de la delincuencia, la podemos ver como un arquetipo sistémico, la conjunción de cuatro ciclos de retroalimentación que se entrelazan de la siguiente manera:

La tragedia de los (bienes) comunes, entendida como arquetipo sistémico, donde confluyen dos ciclos de retroalimentación positiva y negativa, desde dos actores contrapuestos en la sociedad: los ciudadanos honestos y los ciudadanos que cometen actos delictivos. [El modelo está adaptado de la plantilla de Peter Senge, de su libro "La quinta disciplina"].

La tragedia de los (bienes) comunes, entendida como arquetipo sistémico, donde confluyen dos ciclos de retroalimentación positiva y negativa, desde dos actores contrapuestos en la sociedad: los ciudadanos honestos y los ciudadanos que cometen actos delictivos. [El modelo está adaptado de la plantilla de Peter Senge, de su libro “La quinta disciplina“].

Los arquetipos son estructuras de procesos que entrelazan retroalimentaciones negativas, positivas y demoras, y que se repiten frecuentemente en organizaciones y grupos humanos. En el curso Dinámica de sistemas, que desarrollamos con los alumnos de Ingeniería, usamos este tipo de construcciones para detectar problemas y plantear soluciones. La forma de hacerlo depende del tipo de estructura que se tenga, ya que su punto débil dependerá de las interrelaciones establecidas. En este arquetipo específico se tienen dos elementos distintos dentro del sistema, ciudadanos y delincuentes, tratando de sacar provecho de los recursos disponibles —pero limitados— de la sociedad.

Los ciudadanos honestos funcionan a través de este sencillo bucle retroalimentativo: su trabajo genera un beneficio propio, que les aporta recursos para su propio trabajo y para poder generar más beneficios propios. Eso constituye una retroalimentación positiva, porque más trabajo reporta en más beneficios, que a su vez reportan en una mayor facilidad para poder realizar un mejor trabajo. Pero así como el trabajo de estos ciudadanos genera beneficios propios, se generan beneficios comunes a toda la sociedad, que se reproducen en la interacción social a gran escala y que pueden verse como producto de los impuestos, de las sinergias entre organizaciones, instituciones, entre otros factores. Estos beneficios no son directos, pues generalmente se producen a partir de cuán eficientes sean los servicios provistos por el estado y la industria privada. Estos beneficios sociales aportan también al beneficio propio que saca cada ciudadano, y aunque le suman individualmente, en líneas generales funciona como una retroalimentación negativa: cuanto más recursos saque cada ciudadano de manera individual, menos recursos quedan disponibles para el resto. Todo esto da cuenta de lo que sucede con los ciudadanos que trabajan de manera honesta.

Tragedy _ 1

En el otro extremo del diagrama tenemos a los free-riders, aquellos ciudadanos que sacan provecho de los recursos sociales pero sin aportar ningún beneficio, y que además merman la generación de los mismos, al interferir en la interacción social a gran escala. Podemos resumir esa interferencia de dos formas: los actos delictivos disminuyen directamente la generación de recursos, tanto los comunes como los de los ciudadanos individuales; los actos de corrupción disminuyen los recursos comunes redireccionándolos al beneficio personal de los que los ejecutan. Ambos ciclos de retroalimentación son equivalentes al de los ciudadanos honestos, es decir, uno es positivo y el otro negativo.

Tragedy _2

¿Cuál es la idea de modelar el problema de la delincuencia de esta forma? Que permite entender lo erradas que son algunas aproximaciones al problema. Por ejemplo, la vehemencia alrededor de la pena de muerte solo denota un enorme desconocimiento de la dinámica subyacente a este proceso. Castigar de la forma más extrema a los que cometen actos delictivos —o de corrupción— puede funcionar para aliviar los ánimos exacerbados de algunos políticos, pero a un nivel efectivo, no genera ningún tipo de impacto. Si vemos el diagrama, el encrudecimiento extremo de las penas solo reduce, en cierto porcentaje, la incidencia de realizar actos delictivos. Sin embargo, no disminuye el beneficio personal obtenido de estos. Si es que los ejecutores no son detectados, capturados y sentenciados, no hay impacto alguno. Y, valgan verdades, nuestro sistema judicial hace aguas por tantos lugares que no es difícil que ocurra eso.

La pena de muerte solo incide en que algunos de los ciudadanos que cometen los actos delictivos —y se beneficiaron de ellos— ya no pueden volver a cometerlos. Pero eso no recupera los recursos extraídos al "pozo común" de la sociedad, ni tampoco evita que estos se sigan extrayendo si la probabilidad de ejecutarse es baja.

La pena de muerte solo incide en que algunos de los ciudadanos que cometen los actos delictivos —y se beneficiaron de ellos— ya no pueden volver a cometerlos. Pero eso no recupera los recursos extraídos al “pozo común” de la sociedad, ni tampoco evita que estos se sigan extrayendo si la probabilidad de ejecutarse es baja.

Es en ese sentido que resulta mucho más evidente que una medida relevante para combatir la delincuencia debería empezar por reducir el beneficio personal de cometer actos delictivos, promoviendo una mejora sustancial en el poder Judicial, en la Policía y en el sistema de establecimiento y recolección de las reparaciones civiles. Estos actos atacan directamente el ciclo de retroalimentación positiva bajo el cual funcionan los delincuentes. Detienen, por un lado, la realización de los actos delictivos y de corrupción; y recortan, por otro, los beneficios personales de cometerlos, retornando los recursos apropiados ilícitamente a su legítima dueña: la sociedad.

Una nota final: es interesante ver cómo el límite en la generación de recursos que establecen la eficiencia del estado y la industria privada puede terminar camuflando el efecto pernicioso de una delincuencia rampante. A medida que los recursos crecen, los beneficios extraídos del pozo común se disimulan dentro de ese crecimiento, y la población percibe un efecto menor al real. Esto se aplica también si uno piensa en los elefantes blancos de algunas gestiones, en la medida en que aparezcan siempre de la mano con un chorreo de recursos a la población. Definitivamente se trata de un tema que da para más, pero creo que esta representación ilustra claramente por qué resulta simplista reducir toda la discusión alrededor de la delincuencia solo al tema de la dureza de las condenas.

¡CHAN! [Imagen obtenida de: Carlincaturas.]

¡CHAN!
[Imagen obtenida de: Carlincaturas.]

El simplismo de la pena de muerte

Cada cierto tiempo, ya sea por la ocurrencia de algún delito especialmente mediático, o por la cercanía de elecciones, se pone sobre el tablero el asunto de la pena de muerte. Generalmente son los mismos políticos ―conservadores― los que la reclaman y los mismos medios ―amarillistas― los que la publicitan. El último en mover este tema ha sido el pastor Lay, con motivo de su eventual postulación a la presidencia, y lo ha hecho apelando a los lugares comunes de nuestros congresistas: la Biblia, su opinión personal y ningún otro elemento de análisis mínimamente elaborado.
[Actualización] A través de Peru21 me entero de un grupo de congresistas que ha propuesto el día de ayer aplicar la pena de muerte para los delitos de corrupción. Es lamentable que esa sea la única idea que son capaces de generar nuestros políticos.

La referencia habla por sí sola: Idiocracy (2006). En caso no la hayan visto, se las recomiendo, es muy buena.

La referencia habla por sí sola: Idiocracy (2006). En caso no la hayan visto, se las recomiendo, es muy buena.

El tema con este tipo de asuntos, en los que las convicciones personales se mezclan con la legislación y el funcionamiento de la sociedad, es que deberíamos poder analizarlos a partir de estudios especializados, desde una perspectiva científica, de una postura mínimamente educada y profesional. La dureza de las sanciones penales es, en ese sentido, un asunto que entra principalmente en el ámbito del derecho, pero existe una gran cantidad de disciplinas que han aportado herramientas y conocimiento a la discusión más general de cómo lidiar con la delincuencia. Específicamente, cómo resolver los problemas que aparecen en un sistema donde conviven elementos con diferentes estrategias de funcionamiento. La teoría de juegos es un buen ejemplo de ello y partiré de ahí para desarrollar un poco este punto.

¿Cómo podemos empezar a entender este tema desde una perspectiva algo más elaborada? Imaginemos un sistema constituido por un bien común, a disposición de todos, y por elementos que siguen una única estrategia: consumirlo y procesarlo. En principio, si el procesamiento del bien común no genera mayores recursos que aquellos que consume, el sistema colapsará. Eso es lo que usualmente se conoce como “la tragedia de los (bienes) comunes“, término acuñado por George Hardin a partir del artículo del mismo nombre, publicado en Science, en 1968. Pero el sistema también podrá colapsar en la situación contraria, cuando los recursos generados sobrepasan a los consumidos. En estos casos, lo que ocurre es que aparece una segunda estrategia y esta puede ser adoptada por una fracción importante de la población. Esta segunda estrategia es la que se conoce como la del free-rider, aquel individuo que aprovecha los recursos del sistema, pero no aporta a este con su trabajo. En líneas generales, podemos ver a los delincuentes como free-riders: se aprovechan de los recursos generados por los demás ciudadanos ―quitándoselos―, sin realizar el aporte correspondiente a los recursos de la sociedad.

La mano invisible ataca de nuevo. [Imagen obtenida de: OneTusk.]

La mano invisible ataca de nuevo. [Imagen obtenida de: OneTusk.]

Para evitar la tragedia de los bienes comunes cuando la población de free-riders se expande, generalmente aparece una tercera estrategia: la del vigilante. Los vigilantes invierten parte de sus recursos ―individual o colectivamente― en supervisar el comportamiento de los demás elementos del sistema. El paradigma de vigilante financiado colectivamente es la Policía. Cuando los vigilantes capturan a un free-rider, ejercen una sanción sobre este, que en principio le aporta recursos al sistema. En nuestra sociedad, podríamos ver esto de dos formas: las reparaciones civiles, por un lado, pero sobretodo el beneficio de evitar que los delincuentes sigan aprovechándose de los recursos de la sociedad, al restringir su libertad. Los vigilantes sobreviven en el sistema siempre y cuando el beneficio de las sanciones sobrepase el costo de su inversión, sea como sea que se financie esta.

Hasta aquí tenemos un modelo bastante simplificado de cómo funciona la sociedad, pero con la suficiente robustez como para explorar gran cantidad de fenómenos y comportamientos. Por ejemplo, ¿cuál es la proporción de vigilantes que debería existir? ¿Cuánto debería invertirse en ellos, a partir de una cuantificación pre-establecida en los beneficios que resulta capturar free-riders? ¿Cómo reducimos los beneficios de la actividad del free-rider, para evitar que esta sea una estrategia demasiado popular? Y a partir de ahí, pueden explorarse varias cosas más, por ejemplo, ¿qué debería hacerse con aquellos elementos que presencian la actividad de un free-rider, sin participar de ella, y no lo denuncian? A estos individuos suele llamársele free-riders de segundo orden y, aunque parezcan inofensivos, a veces son los más perjudiciales. Deberíamos saberlo: la informalidad y la criollada que nos rodean son producto de esa parsimonia. De esa indiferencia cómplice con la estamos acostumbrados a dejar que quienes nos rodean se salten las normas. Por algo hemos acuñado esta lamentable frase que repetimos desde la infancia: “el que no es conchudo, muere cojudo“.

Por ejemplo. [Imagen obtenida de perufail.com.]

Por ejemplo. [Imagen obtenida de perufail.com.]

¿Por qué nuestros políticos no hablan de la seguridad ciudadana y las medidas para combatir la delincuencia en nuestra sociedad a partir de este tipo de figuras? Antes de proponer sanciones más duras “porque sí” ―la pena de muerte es el caso extremo―, ¿no cabría explorar otro tipo de alternativas? Pocas veces he escuchado que tengan eco los argumentos de especialistas que defienden que la educación, el deporte o cualquier otro recurso social son más efectivos para combatir la delincuencia que simplemente aumentar los años de cárcel de los sicarios o mandar fusilar a los violadores. Nuestra sociedad es un sistema enormemente complejo. Por lo mismo, los análisis no deberían limitarse a mover una o dos variables, sino a estudiar el comportamiento de todos los factores relevantes involucrados. De otro modo, no se está haciendo nada más que populismo, puro y duro.